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Sobre lo sagrado en la actualidad

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Antronianos, quería someter a vuestro escrutinio unas ideas improvisadas que escribí hoy mientras terminaba de leer a Durkheim en Las Formas Elementales de la Religión.
Tengo una poderosa inquietud sobre el tema, y siempre escribo cosas con lo que voy leyendo y asocio con otras hueás que he leido :lol2:
Si pueden comentan o lo mandan a la cucha, poniéndole emoticones de caca, jaja, total son puras ideas de un wn en cuarentena y aburrido de muchas cosas. Gracias.
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Es harto evidente que el hombre gusta del olvido. Por ejemplo, la vida sin ideas o representaciones, sin dotar a los simples objetos de símbolos, la vida sin intermediarios con las cosas, es la vida inerte. Es una vida de la materia. Es la vida donde se constata la falta de valor de la misma, así como la ausencia total de su sentido.
La sociedad alzaría al hombre de aquel estado, lo completaría. Lo elevaría a las altas cumbres del valor y le daría sentido a su existencia.
Con la sociedad, el objeto deja de ser una simple cosa. Se yergue como una idea que permite surcar el cosmos.
Ciertamente, el hecho que la sociedad le dé a la vida del hombre un valor y un sentido, no quiere decir que lo tenga. Es un sentido y valor común, pero lo común no modifica la neutra realidad. Como decía Carl Sagan, nadie debiese ofenderse porque el universo le depara indiferencia al hombre.
Pese a eso, parece mejor un sentido artificial que no tener ninguno.
Hasta ese punto es bien poco lo que puede criticársele al hombre. Lo colectivo le ha entregado un grado mayor en su existencia. Ha logrado por su intermedio una comunicación con el otro; ha logrado abandonar la realidad sin valía que le precedía; ha gestado confianza en sí mismo.
Ciertamente, así expuesto, a lo común se le debe respeto. Al fin y al cabo ha posibilitado en el hombre experiencias expansivas que como ser aislado jamás habría logrado (o eso se cree).
El respeto es la medida de lo sagrado y lo sagrado es el límite de lo profano. Lo común, lo social, lo colectivo, esa fuerza externa que no se radica completamente en ninguna parte, pues está en todas y en sí misma, será lo sagrado. Lo que se le oponga o contradiga, lo prófano.
Ningún objeto tiene en sí mismo algo de sagrado. Sólo lo será cuando lo común lo dote de esa aptitud. El objeto sagrado, así, es heterogéneo y, hasta cierto punto irrelevante (y en esto reside un gran error), pues siempre sobre él se erigirá el edificio de lo sagrado, aunque en el camino ese edificio pueda despojarse de sus cimientos y perder identidad con el objeto.
Así, la vida del hombre es la inacabable tarea de sacralizar simples objetos y luego, construir sobre esas representaciones una vida sagrada. El hombre, el buscador del sentido y valor de su propia existencia.
Hasta ese punto, como se dijo, poco que reprochar. Más vale tener un ficto sentido y valor, que ninguno. Más vale cosa sagrada que objeto profano.
Lo conflictivo es lo siguiente: no es novedad que lo sagrado se valga de la fuerza para rechazar lo profano. Lo sagrado, se dice, es una fuerza material que hace participe al individuo del todo y lo eleva a sensaciones de las cuales, como simple unidad está privado. Pero, por sobre eso, es una fuerza moral, que como tal impone, que como tal exluye a su contrario.
Lo sagrado emplea la nemotécnica, especialmente la del dolor: busca mantener en las memorias la idea de sí mismo y, consecuencialmente, que se olvide la otra, lo profano.
Nuevamente, hasta este punto no hay nada muy novedoso. Es un olvido impuesto, por así llamarlo. Un olvido que, con cierta laxitud, se puede atribuir a lo externo como causa, a lo social, a lo sagrado.
Pero hay otro olvido, el voluntario. El que usa aquel que ya no distingue lo sagrado, sino por el contrario, ve solo lo profano, la cosa misma, sin valor ni sentido y, aún así, da vuelta la cabeza y persiste con el rito y el culto validante de lo sagrado (nihilismo pasivo le han llamado).
En la actualidad, sabiendo que lo sagrado es algo que busca renovarse como una pulsion, que supera al objeto, lo anterior es muy palpable.
Se puede resumir como sigue: lo social, para perdurar, debe mantener siempre algo sagrado frente a los ojos del hombre, pues no cumplir esto sería su muerte. Y, en efecto, toda sociedad tiene sus sagrados, movidos y mantenidos por ritos y cultos. Para mantener lo sagrado, lo social se vale de la prohibicion de duda o examen. Donde más intensa sea la prohibición, lo sagrado está mas cerca de lo profano, el simple objeto casi unido con su representación. En otras palabras, donde más se oculta lo sagrado del examen, de la vista, de la auscultación; donde menos gusta de los médicos y mas se amista con fanáticos, más temor tiene de ser desvelado como prófano.
El ejemplo del Dios cristiano, encumbrado en el eter por la escolástica, en lo incognocible, donde objeto y representación eran dos realidades ya opuestas, es un ejemplo claro de algo que por feble debía tener como custodio la sustracción del examen. Debia residir en el el cielo, siempre cubierto de nubes (no vayan a aparecer las estrellas, el peor enemigo de Dios).
Pero toda sociedad tiene sus sagrados y, naturalmente, también un rechazo al desvelador, al escéptico, al enemigo innato de lo sagrado, aliado eterno de lo profano.
Si en la actualidad es difícil ver donde está lo sagrado, porque supuestamente se estaría en una crisis de lo común, es por falta de simpleza o, si se quiere, por sobredosis de sofisticación.
Lo sagrado en la actualidad hay que buscarlo allá donde exista el más férreo, natural, espontáneo y visceral de las prohibiciones de examen. Donde no exista tolerancia a la mirada profunda.
Así, son cuatro las cosas sagradas de hoy, cada una con sus intensidades: la democracia, la niñez, la naturaleza y la mujer (acá tengo muchas dudas, antronianos).
Son esas las nuevas cosas sagradas, las que representan lo común, lo respetable, lo opuesto a lo prófano, lo con mayor dignidad, lo más enaltecido.
Pues bien, en ellas mismas existe lo más profano, carente de valor y sentido y, se insiste, mientrás más se les sustraiga del examen y la duda, más cercanos están a los simples objetos que la representan.
El nivel de sustracción del examen va acompañado de la sanción de la que se vale lo sagrado para expulsar lo profano.
Notó cierta similutud de esto con aquello que Nietzsche expuso en la Genealogía de la Moral. Mientras más cerca de lo profano esté el acreedor (la sociedad), mientras menos esté narcotizado por la representación, mientras menos la idea lo haya vuelto anémico, menos mal le causará el incumplimiento del deudor y menos recurrirá a sanciones. Es menos irritable; es pletorico y lo suficientemente rico para no reaccionar, pues en realidad no es capaz de sentir la ofensa. Para ofenderse hay que tener una idea de lo valioso.
Por el contrario, el acreedor constituido por lo sagrado, irritable hasta por la brisa más tenue, responderá belicosamente contra el deudor que se atreva a someter a examen lo sagrado y, más aún, a quien lo niegue.
Hoy, en los días de la irritabilidad, no puede sino suponerse una exacerbación de lo sagrado, pero es una sacralidad especial, transitoria, reciclable, de consumo, que ni siquiera llega a constituirse de lo colectivo, sino que se estructura simplemente a base de la prohibición de examen, de la proscripción de la contradicción, lo que le da muy poca duración, languideciendo las expectativas que sobre ello el mundo pone.
Así el anhelo de Nietzsche de un mundo donde no existan sanciones por la fortaleza de los acreedores, es una utopía.
 
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