Probablemente todo empezó cuando Jose Antonio era aún un niño. Papa Kast, trabajando en el jardín, encontró restos animales pequeños enterrados. Recordando que su hijo, en ocasiones, había llegado con manchas de sangre en sus ropas, se armó de valor y le pregunto directamente si él lo había hecho. El niño lo admitió algo avergonzado, aunque sin entender la gravedad de su conducta.
Papa y mama Kast, desesperados, recurrieron a la iglesia para salvar a su hijo. Hablaron con un sacerdote de confianza quien acepto convertirse en guía espiritual del niño, para ayudarle a controlar esas inclinaciones perversas y sanarse encontrando el amor de dios. Jose Antonio fue sometido a una estricta disciplina cristiana, así desarrollo esa devoción religiosa que lo caracteriza. Sin embargo, la fe no fue suficiente para calmar esas ansias malsanas, que, con la llegada de la pubertad, se volvian cada vez más dominante en su conciencia.