Para empezar, podrías precisar a qué países te refieres. Finlandia, Suecia, Francia? Qué sabes de esos países?
Sabias que tienen una economía mixta? Es decir conviven las iniciativas privadas con un Estado que interviene en la producción. Son países con industrias fuertes, estables políticamente, y con buena distribución de ingresos. Este último punto es clave, pues cuando tienes al promedio de ciudadanos ganando 51.590€ (en Suecia, 2021), se puede entender porque NO les molesta pagar impuestos. No es que tengan otro chip, ni que les interese más el bienestar de sus seres queridos, pues esa gente que tanto admiras, no bajaron del cielo, no son ángeles. Simplemente tienen un buen sueldo, por lo tanto, si el Estado le saca una tajada, no se van a quedar tambaleando en un cacho a fin de mes. Fuera de esto ¿Te has preguntado por que subsiste esa sensación de abuso cuando de impuestos se trata? Será porque esos fondos terminan pagando viáticos de políticos, a zánganos de la burocracia, coimas en los gremios, y en el mejor de los casos, favorece el parasitismo de algunos de los simios que exigen disnidáh.
Todas las problemáticas que mencionas, no son de exclusiva preocupación de la izquierda, y sería bueno que lo entendieras. Si existe una diferencia, no apunta a que los que NO SON ZURDOS , carecen de sensibilidad, de humanidad, o de empatía. La diferencia radica en la forma de afrontar las problemáticas. Mientras el zurderío idealiza el colectivismo, parasita el Estado, engorda la burocracia; los otros, o sea TODOS LOS QUE NO SOMOS ZURDOS, creemos en soluciones que puedan involucrar al Estado, pero también a la sociedad civil.
El resto de tu diatriba, versa de amargura- prejuicio y de esperanza-infantilismo. No entiendo por qué asumes que todo el que no se ha rendido al opio de tu religión, siente desprecio por el chileno común y corriente, o que no hace parte de ese conjunto. Tampoco entiendo, como un adulto puede creer en cuentos de hadas. O lo que es peor, como puede transformarse en un fundamentalista religioso, y creer en las promesas de un texto que más parece una biblia.