En mis tiempos de putero se podía conversar en la mayor confianza con tu regalona, sabiendo que despues no andaría contando las weas por ahí, hasta podías salir a tomarte un café con ella despues del coito.
En mi caso tuve una putita por años, de lo mas agradable, de buena conversación, siempre sonriente y olorisita, joven y de piel suave, solíamos quedarnos abrazados un buen rato en silencio y escucharnos mutuamente los problemas e historias de infancia, nunca he logrado esa intimidad con una mujer normal, recuerdo que el día que nos despedimos ella lloró agachada como una bestia que había sido herida, yo no pude evitar conmoverme tambien, luego en casa, ebrio tambien lloré un poco, no por sentir algo sentimental, sino por perder a un ser humano que aunque pagado, me conocía bien, me escuchaba y me entendía, hasta fingía alegría al verme.
Recuerdo que me contó toda su vida, me mostró a su familia, y me conto tantas cosas personales de ella, que despues de unos años se mostró casi como era realmente, una mujer de origen humilde, frágil y sensible vestida con ropas de ramera.
En aquellos tiempos yo estaba pasando una etapa de soledad y adicciones, que de no ser por esa mujer no sé donde habría terminado, me sirvió su apoyo emocional.
Con ella aprendí a no juzgar ni a hablar palabras duras para nadie, ya que las apariencias siempre engañan, y nada es lo que parece.
Hoy ya en mi vida adulta, casi no me hablo con mi mujer, no siento la misma intimidad, no me parece tan divertida, no huele tan rico, es como si se quedó algo mío en esa habitación oscura aquella tarde de otoño cuando nos despedimos para nunca mas volver a vernos.