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Bolsa'e caca
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Esto llega a ser siniestro ¿que pretenden? , ¿quien esta detrás de este plan?
El aumento de niños que se declaran trans está avanzando rápidamente. De hecho, según cifras del Ministerio de Salud, los procesos de transición en menores han mostrado un crecimiento significativo. En 2023, el Ministerio reportó que 1.202 niños ingresaron a su programa "Crece con Orgullo", y se proyecta que para 2024 se sumarán otros 2.940. Esto significa que, en solo dos años, más de 4.000 niños habrán sido atendidos, a pesar de la falta de consenso en la comunidad médico-científica y el retroceso en varios países europeos sobre aplicar tratamientos.
El reportaje de que destapo el origen de esta debacle generacional
En un día de marzo de 2020, Andrés, de 15 años a quienes sus padres describen como dulce, soñador y algo melancólico, les entregó “la carta”: con letra infantil escribió que era mujer, pidió que no le hablaran más del tema y que lo llevaran a un endocrinólogo para que le recetara hormonas para su transición.
“Todavía no soy capaz de expresar lo inesperado de la revelación”, dice su madre. Y luego agrega: “Algo no me calzaba: siempre lo vi cómodo con su sexo, no era afeminado. Nada me hacía pensar que su vida había sido un error. ¿Podría haber estado tan desconectada?”.
Cuando les entregó la carta, Andrés estaba siendo tratado por una sicóloga por una depresión severa. A la profesional, tampoco le calzaba esta epifanía y pidió a una colega una prueba de Rorschach. El informe reveló síntomas ansiosos, depresivos, riesgo suicida y puntualizó que “hay momentos en que no puede apreciar la realidad de manera objetiva”, y sugirió avanzar en la transición.
El padre quedó extrañado.
“¿Cómo es posible que alguien que no puede ver la realidad en forma objetiva esté en condiciones de tomar decisiones tan radicales?”. Sin embargo, el hijo insistió que lo llevaran a un “experto en género”. A los padres les hizo sentido. Ameritaba profesionales con experiencia. Partieron a la consulta de un destacado psicólogo experto en adolescencia y docente de la Facultad de Sicología de la Universidad Católica.
“La experiencia fue durísima”, dice la madre. “Después de dos sesiones nos dijo que el problema era nuestro porque nos resistíamos al duelo por la pérdida de nuestro hijo”. También les advirtió, amenazante, que esto se trataba de un tema de derechos humanos. “¿Por qué los especialistas insistían en dejarnos fuera, en clarificar que no sabíamos nada? ¿Por qué tomaban la declaración de nuestro hijo como premisa absoluta?”
Cuando decidieron no llevarlo más, el sicólogo le escribió un whatsapp a Andrés para acusar la traición de sus padres. Luego llegaron a la psiquiatra experta en género Paz Quinteros ellos solos. “Le dijimos estamos llenos de dudas, nuestro hijo nunca ha mostrado ningún rasgo de que actúe como niña y queremos una evaluación. Estábamos bastante confiados que no iba a salir nada, y ella nos dijo: ‘no lo tramiten más y tráiganlo’”, cuenta la madre.
Tras dos sesiones le diagnosticó disforia de género, el malestar síquico que afecta a las personas cuyo sexo biológico no coincide con el género con el que se identifican, y los derivó al endocrinólogo de la red UC Christus, pionero y referente en pediatría trans, Alejandro Martínez, para que iniciara el tratamiento, no sin antes advertirles: “la tasa de suicidio en niños que no son apoyados por sus padres es altísima” (VER ENTREVISTA AL FINAL DE ESTE ARTÍCULO).
Aterrados, llegaron a la consulta de Martínez. De ahí Andrés salió con una receta de triptorelina, un bloqueador de pubertad inyectable que fue indicado “a permanencia” para congelar su desarrollo. Así, suspendido en un cuerpo infantil, tendría tiempo para pensar si continuaba con hormonas cruzadas, en su caso estrógeno, para feminizar el cuerpo.
La triptorelina es un medicamento indicado para el cáncer de próstata avanzado y el tratamiento por periodos acotados en casos de pubertad precoz. Consultados, la FDA de Estados Unidos y el IPS de Chile, dijeron que no está aprobado para su uso como bloqueador de pubertad para niños en tránsito.
Andrés también salió de la consulta con la indicación de congelar espermios: iba a quedar estéril. El padre quedó perplejo. Hacía un tiempo había acudido a un urólogo de la misma clínica para practicarse una vasectomía. Con cuarenta años y tres hijos sentía que había completado su familia, sin embargo, el médico le negó la operación. “Me dijo: ‘En la Católica no hacemos vasectomías, porque es política de la institución no alterar el curso natural de la vida, no inducir artificialmente algo que altere la reproducción’”.
Pero no tenían reparos en dejar a su hijo de 15 años infértil.
“Tremendo doble estándar”, dice.
El médico también le informó que arriesgaba una osteoporosis. Al padre le pareció raro que no le hayan pedido una evaluación psiquiátrica y que no tuvieran que firmar un consentimiento informado.
–¿Qué dijo su hijo sobre todos estos efectos secundarios?
–Él estaba dispuesto a asumir todos los costos. Nos dijo ‘yo quiero ser feliz y esto que me está pasando me duele’. El sufrimiento es real, y para los padres es una pesadilla, porque nuestros hijos nos presionan para avanzar. Pero ¿has visto a algún adolescente que piense en el largo plazo? No. Les importa lo que quieren hoy y les cuesta salir de sus convicciones.
Investigando, llegaron a la Agrupación Amanda, en España, donde tomaron contacto con otros padres. Había casos idénticos y “la carta” era parte del libreto.
“Te tiro la bombita pero no hablamos más del tema”, dice el padre. “El patrón es el mismo, tú les preguntas ‘¿desde cuándo?’ y dicen ‘desde siempre’, también usan mucho la frase ‘no encajo’. Él ya había averiguado, sabía qué decir, qué no decir, tenía un discurso copy paste. Entre los mismos niños se hacen coaching, ayudados por activistas en redes sociales”, dice la madre.
Decidieron avanzar lo más lento posible para ganar tiempo. Cuando él pedía que le compraran las inyecciones, le decían que antes tenía que hacerse exámenes y otras dilaciones. Pero el desenlace se aceleró cuando llegó a sus manos el libro “Un daño irreversible: La locura transgénero que seduce a nuestras hijas”, investigación de la periodista del Wall Street Journal, Abigail Shrier, que salió elegido libro del año por The Sunday Times y The Economist.
Ahí decía que más del 95% de los niños que empiezan con bloqueadores de pubertad pasan a hormonas cruzadas y completan su tránsito.
“O sea, era un pasaje de ida, sin retorno y dijimos ¡no! Andrés se enrabió, hubo una confrontación muy fuerte y empezamos una terapia familiar donde acordamos que íbamos a hablar del tema de género en las sesiones para no llevarlo a la casa. Hubo sesiones duras, pero varias donde hablamos de las cosas positivas que tenía nuestra familia. Él empezó a crecer, terminó la pandemia, salía con los amigos, le empezaron a gustar las niñas, y él a ser de gusto de niña. Vivió la vida de una adolescente común y corriente. A medida que el tratamiento para la depresión comenzó a funcionar, la disforia se disipó. Hacia el final de las sesiones nos dijo ‘esto tiene que ver con otra cosa, con una inconformidad más personal’, porque lo trans es una forma de negarse a uno mismo, es como decir esto que tú estás mirando no soy yo. Lo que hicimos fue un refuerzo de autoestima muy consciente, incentivamos el pensamiento crítico, tiramos muy abajo todas las redes sociales y nos vinculamos muy fuerte como familia”, cuenta la madre.
Andrés hoy tiene 18 años y una polola.
Hay un problema que lo acecha desde entonces, sin embargo. Esa vez que asistió al endocrinólogo, este le preguntó si usaba un nombre social y al decírselo quedó sacramentado en su ficha clínica. Ahora, cada vez que asiste a una consulta médica o va a realizarse un examen en la red UC Christus, en el altoparlante se escucha su nombre femenino.
Sus padres optaron por cambiarse de clínica.
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Voces disidentes del personal médico, además, habían denunciado que se estaba bloqueando a niños en forma acelerada, tras apenas una sola consulta y sin indagar en posibles trastornos siquiátricos. A eso había que sumarle que las cifras de menores con incongruencia de género se habían disparado: si en 1997 habían llegado 97, para 2018 sumaban 2.590, y en el 76% de los casos correspondía a mujeres. El Gids aplicaba en sus evaluaciones el “enfoque trans afirmativo”, donde el sólo hecho de que un niño se auto perciba atrapado en el cuerpo equivocado, basta para ofrecerle y apoyarlo en tratamiento para transitar.
Este es el mismo enfoque que se aplica en Chile en toda la red pública y en algunas clínicas privadas y que apoya el Colegio Médico. El 31 de marzo en su cuenta de X publicó: “En el #DíaDeLaVisibilidadTrans, Dre. Javi Orellana, nos cuenta qué es una persona trans y por qué se conmemora este día. Desde #Colmed reiteramos nuestro compromiso con una atención inclusiva, afirmativa y respetuosa con las personas trans, que facilite su acceso a la salud”.
La circular número 5 sobre “sobre la atención de salud de infancia y adolescencia trans y género no conforme” del Ministerio de Salud (2022), dice que a los niños “se le atenderá́ afirmando su identidad” y agrega que “no se patologizarán las diferentes identidades”, porque “no están enfermas ni padecen un trastorno”.
El ministerio de Educación en su circular 812 “que garantiza el derecho a la identidad de género de niñas, niños y adolescentes en el ámbito educacional” obliga a los colegios a respetar el nombre social de los mayores de 14 años que soliciten cambio de identidad, incluso sin el apoyo de sus padres, y a adoptar medidas como uso de baños, camarines y uniforme del género con que se identifican.
El ministerio de Desarrollo social señala en sus “Recomendaciones para la implementación de los programas de acompañamiento para niños, niñas y adolescentes trans y género no conforme” que a los adolescentes mayores de 14 años se les debe “proveer acceso a información sobre métodos seguros para modificaciones reversibles: como entrenamiento vocal, fajamiento de busto, depilación láser, prótesis de pene y derivarlos para tratamiento hormonal o cirugía de modificación corporal”.
Ante los padres que se oponen a estas medidas, que se califican como “resistentes”, los funcionarios de la salud tienen dos opciones: intentar sensibilizarlos o denunciarlos a la justicia, señala el citado documento.
Parte del mundo universitario también se ha sumado a esta tendencia aplicándolo en la formación de profesionales. Una de las instituciones más comprometidas es la Universidad Diego Portales, a través del Centro de Estudios en Psicología Clínica y Psicoterapia (CEPPS) y su “Proyecto T”, que dirige el psicoterapeuta analítico y docente Claudio Martínez y donde hace su investigación doctoral en adolescencia transgénero el sicólogo trans afirmativo Christian Spuler.
Ahí ofrecen un servicio gratuito de psicoterapia trans afirmativa con “enfoque de derechos humanos” para niños en edad escolar con quienes practican terapia sicológica los estudiantes de esa carrera. También ofrecen sesiones de entrenamiento vocal con fonoaudiólogos. En 2022 firmaron un convenio con el Liceo de niñas Carmela Carvajal, de Providencia, para atender a la población trans de esa escuela y a sus padres.
Preocupado por las cifras disparadas de niños con incongruencia de género, el NHS de Inglaterra, le pidió a la destacada pediatra independiente, Hilary Cass, un pormenorizado informe sobre el tema, que salió a la luz pública en abril pasado. El Cass Review, señala que los tratamientos en niños con incongruencia de género se han sustentado en evidencia poco sólida, estudios de mala calidad, con efectos secundarios que superan los beneficios. Afecta a un grupo vulnerable con infancias traumáticas y problemas de salud mental, que van más allá del género, y que deben ser tratados por especialistas.
A diferencia del enfoque afirmativo, apunta a una intervención psicosocial, no con el fin de intentar cambiar cómo el niño se percibe, sino que para explorar sus inquietudes y aliviar su angustia, independiente de si luego opta por la vía médica, que no siempre será el mejor camino ya que un diagnóstico de disforia en la infancia no es predictivo de que la incongruencia permanezca en el tiempo.
Señala que los bloqueadores de pubertad plantean riesgos para el desarrollo neurocognitivo, la vida sexual y la salud de los huesos y que están lejos de servir para “ganar tiempo” ya que la mayoría pasa a hormonas cruzadas. Éstas, sugiere, se deben prescribir a mayores de 18 años. Además, niega que exista evidencia para afirmar que el tratamiento con hormonas reduzca el riesgo de suicidio en esta población, que es la razón que se suele esgrimir para su prescripción.
El informe Cass produjo un terremoto en la salud trans y varios países europeos han respondido con criterios ultraconservadores para medicalizar a niños y en Francia un grupo de senadores, quieren prohibir los tratamientos de transición para menores de 18 años calificando esta práctica como “uno de los mayores escándalos éticos de la historia de la medicina”.
En Chile aún no se toman medidas y los procesos de tránsito en menores siguen su curso a una velocidad insospechada. En su última cuenta pública, la semana pasada, el ministerio de Salud informó que en 2023 entraron 1.202 niños a su programa de apoyo a la identidad de género (Paig) “Crece con orgullo” –que los asesora en su proceso de tránsito– y que proyecta que para 2024 entrarán al programa otros 2.940 niños. Es decir, en dos años, habrán atendido a más de 4.000 niños con incongruencia de género. Una cifra elevada para una materia donde no existe consenso en la comunidad médico-científica y en que varios países europeos empiezan a retroceder.
La misma presidenta de la sociedad de Endocrinología, doctora Francisca Ugarte, en 2016, cuando se discutía la ley de Identidad de género expuso ante los parlamentarios que no debieran incluirse a los menores de edad en la ley, ya que, argumentó el 80% a 95% de los niños que presentan disforia lo superan durante la pubertad y es apenas una minoría la que persiste.
Sus declaraciones generaron polémica y fue acusada de transfobia por el activismo y el Movilh la trató de “fraude”. Esa podría ser la razón por la que la Dra. Ugarte haya declinado a participar en este reportaje. En esa línea la Dra. Cass, señala que los jóvenes que hoy buscan tratamiento han quedado atrapados en medio de un discurso tóxico y un debate asfixiante y polarizado y pidió que se dejara de lado la animosidad para buscar un consenso compartido. Sin embargo, después de publicar su informe ha recibido tantas amenazas que las autoridades británicas le recomendaron que no usara el transporte público. El informe Cass, también ha puesto en alerta a muchos padres chilenos que se han sentido presionados para someter a sus hijos con disforia a tratamientos que consideran acelerados.
Melisa mira a su madre, luego a la cámara y le responde: “¿Usted me podría decir Martín?”
La voz de la niña se escucha baja, tímida, quizás asustada. Tiene quince años y esta es su primera consulta con una ginecóloga. Quiere tratarse una explosión de espinillas y también suprimir su regla. La mitad de las mujeres de su curso, comenzaron a identificarse como hombres y ella tampoco quiere seguir siendo una niña. Llorando, le dice a su mamá que en las fiestas emborrachan a las chicas para abusar de ellas. Lleva un cuchillo cartonero en la mochila por si alguien le hace algo en la micro. Se siente vulnerable. Odia ese sangramiento que se lo recuerda.
Melisa, asiste a un colegio de élite donde tiene muy buen rendimiento académico, sin embargo, le cuesta integrarse al curso y las pocas amigas que tiene no pertenecen a la categoría de populares. Es retraída, fóbica y algo infantil. No entiende las bromas ni el doble sentido, tampoco detecta el bullying, por lo que su pediatra sospecha de un posible trastorno del espectro autista.
Melisa podía pasar el tiempo rescatando hormigas que se ahogan en la piscina, observando cómo se secan al sol, hasta que por el encierro de la pandemia y las clases online accede por primera vez a un celular, descubre las redes sociales y la incluyen en un grupo de whastapp. Al poco tiempo empieza con severas crisis de angustia. Tiene ataques de llanto. Su mamá decide revisarle el teléfono. De sus amigas del grupo una es hospitalizada por un intento de suicidio, otra sufre bulimia y otras se cortan los brazos.
“Cuando leí los mensajes casi me morí. Se daban recetas para vomitar, para cortarse y modificar el cuerpo”, dice.
Había pantallazos de los cortes. Eran profundos, lonjas que dejaban ver músculos y tendones. Tras indagar en la web se entera de que tienen relación con este cambio de identidad: ‘Cuando se rechaza el cuerpo hay que abrirlo para ver qué hay adentro, porque ahí estaría tu verdadero yo’, leyó.
“Entendí el nivel de angustia en que estaba la Melisa y la fui a abrazar y llorando y le dije estoy tan orgullosa de ti porque la pobre estaba tratando de contener la locura de estas otras cabras”, cuenta.
Al salir del encierro su hija se cortó el pelo y empezó a salir a la calle con ropa ancha. De regreso en el colegio pidió que comenzaran a decirle Martín. En este contexto de drama, pensando que sería algo inocuo, su madre cedió al cambio de nombre. Siguiendo los protocolos impuestos por el Mineduc en su circular 812, donde a partir de los catorce años un niño, incluso sin necesidad de la autorización de sus padres, puede pedir cambio de nombre social y ser tratado por el género con el que se identifica, el rector envió un correo para informar a la comunidad y autorizó a que usara el baño y camarín de los hombres.
Pero rápidamente la madre se dio cuenta de que quizás esta no había sido una buena idea, menos aún en una niña con problemas de integración social. “Era el camino a la perdición. Porque la condena a comportarse como un Martín que no existe, que no nació acá, que no estuvo durante estos últimos quince años acá y ahí se produce la verdadera disforia porque Martín tiene tetas y menstrua. Y empieza la presión para que el cuerpo de Melisa se adecue al cuerpo de Martín”.
Entonces, cuando su hija le comenta que una de sus amigas va a ponerse un implante de anticonceptivos para suprimir su regla, alarmada, decide adelantarse y pide una hora de telemedicina en la red UC Christus, donde suele atenderse, con una ginecóloga infanto juvenil cualquiera. Tiene la esperanza de que le indique los riesgos y desista; es una niña miedosa. Sin embargo, la conversación gira en una dirección inesperada. Instintivamente la madre decide grabarla.
–¿Ya hiciste la transición social? –le pregunta la doctora.
–¿Cómo definiría transición social? –responde la niña con su voz apenas audible.
–Cuando tú dijiste: sabís qué, quiero que me digan Martín.
–Apenas lo tuve claro para mí se lo dije a todo el curso.
–A eso nosotros le llamamos transición cuando tú dices: yo soy Martín. Y está el cambio en el Registro civil que es bien power y que ya puedes hacer por tu edad. Hay cosas importantes que tenemos que decidir, porque yo te puedo dejar sin regla para bajar la disforia, esa sensación de no quererla, eso que te recuerda que en un momento fuiste Melisa, pero también es bueno saber cómo te gustaría proyectar esto. No sé si tú cachai que acá tenemos un equipo bien power que trabaja con chicos y chicas que buscan hacer la transición hormonal. Somos varios especialistas, yo soy la gine, está el equipo de salud mental, están los endocrinos que son los que hacen las terapias hormonales, con estrógeno o testosterona dependiendo de si es chica o chico, y también tenemos un equipo de cirujanos que son los que operan las mamas. Yo también trabajo en el hospital Sótero del Río donde operan la genitoplastia, entonces, hay técnicas para para regodearse. Donde tú quieras yo te puedo mandar. Si Martín se quiere hacer una mastectomía yo lo puedo derivar, pero si se quiere sacar los ovarios yo voy a pelear por sus ovarios a morir porque son los que cuidan el hueso para que no tenga osteoporosis en el largo plazo.
“Cortamos el zoom y me dijo ‘qué brígido’. Y yo: ‘qué-brigido-qué’. ‘Que sin revisarme me haya derivado al endocrinólogo. Que haya ofrecido cortarme los senos y ni me preguntó cuánto ni media ni cuánto pesaba’”.
Salieron de la consulta con una receta de anticonceptivos. A las dos semanas de usarlas, le vino un sangramiento brutal.
“Esto es una mierda”, le dijo a su mamá y botó las píldoras a la basura.
–No hay estudios a largo plazo de sus efectos en niños, es bastante experimental.
–Y yo te hago la pregunta, ¿qué haces? ¿esperar que le saliera la barba? ¿la manzana de adán? ¿le cambiara la voz? ¿Qué?
A los dos años, Benjamín, les dijo a sus padres que era una niña y de a poco empezó a vivir una doble vida. Hombre en el colegio, uno católico del sector oriente, y en la casa se ponía vestidos y pintaba las uñas.
“Para nosotros fue una sorpresa absoluta, completamente removedora y profunda, que nos cambió la vida. Y fue desde el más completo desconocimiento, porque yo ni siquiera sabía que existía el término trans. Yo conocía algo sobre travestis y había visto drag queen”, cuenta el padre.
Esta peculiaridad se hizo aún más real cuando nació su hermano chico. “Nosotros nos cuestionamos harto, al principio no sabíamos si era normal o no, era nuestro primer niño, nos parecía raro, pero cuando nació su hermano chico, esto se nos hizo tan evidente, pero tan evidente. A él le gustaban las pelotas, los autitos, se ponía la ropa del papá y Josefa tomó una actitud maternal con él. Hasta el día de hoy duermen juntos y se aman”, dice la madre.
Después de varias consultas con médicos y psicólogos, a los seis años le diagnosticaron disforia de género.
“Es fregado. Yo lo único que yo quería era un examen. El único test, me dijo el médico, es que le haga una prueba hormonal, y va a salir que tienes un hijo hombre. Al final termina siendo un acto de fe, te creo o no te creo. Yo dije te creo, voy contigo, te acompaño en el proceso”, dice el padre.
“Lloramos, pataleamos”, dice la madre. “Si me preguntas a mí, todavía quiero que se arrepienta, su vida sería tanto más fácil, pero ese acto de fe que haces significa verlos pasar de la oscuridad a la felicidad y la realización”.
Benjamín había empezado a apagarse, a ponerse introspectivo. Empezaron a temer.
“Cuando nosotros partimos con esto había una estadística mundial, de que el 60% de los chicos trans se suicida. Era nuestra espada de Damocles”, dice la madre y decidieron iniciar el proceso.
A los ocho años hizo el tránsito social en el colegio, donde recibieron el más amplio apoyo de las autoridades y la comunidad, y a los doce el Dr. Alejandro Martínez de UC Christus, su médico de cabecera, le recetó los bloqueadores.
Josefa aparece en la cocina vestida con uniforme escolar, el pelo largo, liso, un leve maquillaje. A sus 15 años, lleva más de la mitad de su vida como mujer. Ya está en tratamiento con hormonas cruzadas y el estrógeno hizo que se le ensancharan las caderas y le asomaran los pechos.
“Llegué a un punto que me identifico totalmente como mujer y me da lo mismo que tenga pene. Y si me llegara a complicar me quedan dos años para cumplir 18 y me puedo operar”, dice con total naturalidad. “Desde muy chica he sabido aceptarme y vivo en un ambiente muy privilegiado porque que mi familia siempre me apoyó”.
Tampoco tiene problemas con su antigua identidad masculina. En su casa hay una pared llena de fotos de cuando era Benjamín. “No es algo que me acompleje”, dice con su voz que permaneció aguda gracias a los bloqueadores.
–¿Alguna vez has dudado?
–Nunca. De chica estuve convencida de que algún día iba a poder cambiar mi cuerpo. Yo decía, esto no calza.
–¿Te preocupan los problemas de salud que implica el tratamiento? Ser estéril, la osteoporosis, hipertensión, entre otros.
–Uno nunca va a pensar tanto a futuro. Pueden pasar miles de cosas de aquí hasta que pase eso, pero yo ya me sentía lista, estaba convencida de que tenía que hacerlo, porque no estaba cómoda con mi cuerpo. Me decían Benjamín, pero yo no me sentía así y era extremadamente doloroso. Yo soy más feliz ahora porque pude ser quien yo era. Si me dices que esto me va a traer un problema de salud en el futuro, bueno, pero pude tener todos estos años en que pude ser yo. Y eso es mucho mejor
Quizás lo más llamativo aquí sea él mismo, su hablar hiperbólico, estereofónico, modulado, como si todo el tiempo estuviera explicando algo muy difícil, y su barba tupida, lisa, coronada por un bigote en punta y enrollado como el del pintor surrealista Salvador Dalí.
Otra particularidad: entró en este negocio hace más de una década después de que su entonces hija le dijera que era un niño atrapado en el cuerpo equivocado.
“Y como dice el dicho por ahí, si la vida te da limones… Sólo te puedo decir que a la fecha hemos atendido 653 familias”.
–¿Y de esos 653 niños cuántos han transitado?
–Todos.
–¿No hay deserciones?
–No existen.
La Ley 21.120 de Identidad de género, promulgada en el segundo gobierno de Sebastián Piñera, permite que los niños entre 14 y 17 años cuya identidad no coincida con su sexo biológico puedan cambiar su nombre y sexo registral con la autorización del Tribunal de Familia. Además, dispone que “podrán acceder a programas de acompañamiento” desarrollados por el Estado junto a organizaciones de la sociedad civil.
Durante el actual gobierno de Gabriel Boric el ministerio de Desarrollo social, en colaboración con el ministerio de Salud, fue más allá y sin que la ley ni su reglamento lo mencionara, redujeron la edad para recibir esta asesoría a los tres años y agregaron la obligación de usar el enfoque afirmativo.
Así consta en el programa de apoyo a la identidad de género Paig, “Crece con orgullo”, “dirigido a personas trans y de género no conforme de 3 a 17 años y a sus familias, a través de tres componentes: atención género-afirmativa, orientación familiar e inclusión de niños, niñas y adolescentes en el entorno educacional”.
Los niños tienen que consentir, con su firma o una raya cuando aún no saben escribir su nombre.
Tapia colaboró en la elaboración de esta política pública y dirige la única fundación privada acreditada por la subsecretaría de la Niñez para proveer acompañamiento. También ha hecho capacitaciones a doce universidades, sesenta colegios, nueve municipalidades, al Registro Civil, varios hospitales, a Cesfam, Carabineros, al Sename, al ministerio de Educación, e incluso a la propia subsecretaría de la Niñez que lo acredita. Ahora mismo en su Instagram está promocionando un diplomado para el segundo semestre de 2024 dirigido a profesionales, líderes de ONG y agrupaciones que trabajan con niños trans en toda Latinoamérica. El programa, que es online, dura 200 horas académicas y cuesta $457.000.
Lo común en esta pyme de acompañamiento es que la primera en consultar sea la madre que de a poco irá involucrando al resto de la familia; los padres suelen ser más reacios. La primera entrevista la hace él mismo junto a una trabajadora social y dura una hora y media. Les da una charla sobre diversidad y deriva al profesional más idóneo para acompañar el proceso.
“Aquí hacemos la labor completa bio-sico-socio-médico-educativa-legal. Tenemos una red de profesionales con la que hemos visto muchos casos. Somos un apoyo, una guía para que la gente pueda comprender el proceso. No tienen ninguna certeza, saben que algo ocurre, pero no muy bien qué, entonces hay que entregarles material bien específico con relación a la infancia”.
–¿Ustedes trabajan con endocrinólogos o derivan?
–Tenemos una red de profesionales con la que hemos visto muchos casos. El Dr. Alejandro Martínez de la Universidad Católica es de las personas que nos ha apoyado desde el principio en el tema hormonal, sabe mucho.
–¿Y derivan a mastectomías?
–Por supuesto y se hace en la etapa de adolescencia, 15 años a 16 años.
–¿Eso depende del criterio del doctor?
–Depende del criterio familiar. Son las familias las que se van educando y evaluando qué es lo que les hace bien a sus hijos y van tomando decisiones.
–Quedará sin la capacidad de amamantar si quisiera ser madre y perderá toda la sensibilidad erógena.
–Yo me atrevería a decir que una persona que está en un proceso de tránsito que lleva muchos años de acompañamiento con profesionales y cuya familia se ha informado muchísimo y está viendo que los pechos de ese niño le están generando un tremendo daño, lo beneficioso para este infante es realizar una cirugía.
–¿A los quince años tiene la madurez, cuando el cerebro termina de madurar a los 25?
–Pero cuántas personas adultas no son maduras.
–¿A los quince años no puede manejar, comprarse un cigarro, una cerveza ni casarse, pero puede decidir cortarse los pechos?
–Son los padres los que toman las decisiones de los hijos. Créeme que lo que tú acabas de argumentar es muy recurrente.
Juan Carlos Tapia explica que cuanto antes lleguen los niños a sus manos, mucho mejor.
–Entre los 3 y 11 años el infante todavía no viene tan dañado. Son los padres los que tienen que adquirir herramientas para lidiar con el proceso y no que el niño tenga que estar en psicoterapia. No tiene ningún sentido.
–¿Por qué no debería ir a terapia?
–Porque auto percibirse diferente a tu sexo genital es algo natural. Porque el niño es trans de toda la vida, no es algo inventado. No es algo que le esté generando un daño a esta persona. ¿Qué es lo que genera el daño? El rechazo. Los padres son los primeros que generan los daños emocionales y de inseguridad a los niños. Entonces ¿quién tiene que estar en terapia, el infante o yo?
–¿Los padres pasan a ser el primer enemigo del hijo?
–Absolutamente, pero por desconocimiento. Cuando un infante quiere transmitirle a la familia lo que está viviendo, se arma de valor, hace un trabajo de joyería para intentar explicarles con una carta, un mensaje de texto, un audio o simplemente enfrentándolos directamente, lo que le está ocurriendo y se encuentran con un tremendo rechazo y ahí aparecen trastornos alimenticios, cuadros ansiosos, depresivos, intentos de suicidio, que son las comorbilidades que les genera este cuadro.
–¿Entonces todos estos cuadros psiquiátricos en los adolescentes son causados por el rechazo de los padres?
–Absolutamente. No es que el niño a propósito de su proceso de tránsito vaya a estar viviendo inconvenientes en su salud mental.
–¿Y usted qué estudió?
–Soy diseñador gráfico y programador web.
La frase, dicha por la psicóloga del Cesfam, le heló los huesos a una feriante de una comuna modesta del sur de Santiago. “¡Esto no puede ser! ¡Estamos hablando de una niña de 12 años!”, replicó la mujer desesperada. “¿No será más fácil ayudar a que la niña se conozca y más adelante ver esto?”
Pero sus palabras rebotaron en la terapeuta, que además la derivó a una ONG donde podría conseguir las hormonas.
Había llegado hasta el Cesfam por recomendación del colegio. Unos días antes la directora los había llamado porque su hija estaba con síntomas depresivos y ansiosos porque estaba sufriendo bullying. Sin embargo, la conversación tomó un giro insospechado. Les dijeron que su hija era transgénero.
“Fue una camionada de agua fría”, dice el padre. “Ella jamás había dado alguna señal en ese sentido”, agrega la madre. De regreso en la casa, cuando le preguntaron, dijo: “No me siento ni hombre ni mujer, soy sólo un ser”.
Indagaron más y se enteraron de que en su grupo de amigas, que eran seis, todas usaban nombres masculinos, y que a su hija la habían bautizado como Bayron. Una de ellas incluso estaba en tránsito con bloqueadores de pubertad. Impactado, el padre increpó a la directora. “Nos dijo que estaban obligados a aceptarlo porque son las normas del ministerio de Educación. ¿¡En un colegio del opus dei!? O yo estoy loco o el mundo está girando al revés”, dice.
La llevaron a terapia al Cesfam porque pensaron que le iban a aliviar la depresión y el tema del género se disiparía como otra inseguridad más de la adolescencia. Sin embargo, tras las sesiones Rita llegaba irritable, directo a encerrarse en su pieza.
“Eso me empezó a causar ruido y pedimos una hora para hablar con la sicóloga. Yo, por motivos médicos, no puede ir y fue mi esposo: eso dio pie para que nos demandaran”, cuenta la madre.
El padre relata con su voz gruesa, de volumen alto y hablar golpeado cómo fue esa sesión: “Buenos días, quería saber cómo estás llevando el tema, porque por lo que la Rita me cuenta, tú estás asumiendo que tengo que tratarla como hombre. ‘Acá lo tratamos como el niño se defina’, me dijo. Para mí esto no es normal. Yo soy un hombre de 55 años y hay dos géneros, hombre y mujer, lo demás son inventos. Nació mujer, creció mujer y va a ser mujer hasta el día en que me muera. Para mí es Rita. Mi casa, mis reglas”.
Al mes les llegó una notificación del juzgado de Familia por vulneración de derechos al oponerse a su cambio de identidad de género. En la denuncia la psicóloga del Cesfam agregó: “Se hace necesario que el papá sea sometido a una evaluación de descontrol de impulsos y emociones y a una evaluación de fortalecimiento de habilidades parentales”.
“Lo que la psicóloga en el fondo le dice es: ‘El que está mal es usted’”, dice el abogado Javier Mena de la fundación Comunidad y justicia, que tomó el caso pro bono. “Y además generan la presunción de que es un padre violento, algo que fue desestimado por el tribunal”, indica.
En el juicio el Cesfam pidió que la niña entrara a un programa de apoyo para la identidad de género (Paig). Los abogados plantearon un camino alternativo. Presentaron el caso como el de un cuadro de salud mental delicado que debía debe ser tratado por profesionales idóneos y, después de mostrar informes que cuestionan los tratamientos trans afirmativos, como el que sugería el Cesfam, ofrecieron un plan terapéutico personalizado y de largo plazo con una sicóloga particular de la Fundación Raíz Humana.
El tribunal aceptó y están en la fase de cumplimiento.
“El estado actual de la niña es de mejoría. Fuera celular y redes sociales y la niña es otra persona. Ya no quiere transitar y está feliz. Se salvó”, dice Mena.
La madre cuenta que la cambiaron a un colegio mixto donde hizo nuevos amigos. “Le hablas del tema de identidad y ni se acuerda. Anda con pinches y se compró un brillo labial”, cuenta.
Pero ya no la pueden llevar más a atenderse al Cesfam, o a un hospital público. En su ficha médica quedó registrada como Bayron.
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El aumento de niños que se declaran trans está avanzando rápidamente. De hecho, según cifras del Ministerio de Salud, los procesos de transición en menores han mostrado un crecimiento significativo. En 2023, el Ministerio reportó que 1.202 niños ingresaron a su programa "Crece con Orgullo", y se proyecta que para 2024 se sumarán otros 2.940. Esto significa que, en solo dos años, más de 4.000 niños habrán sido atendidos, a pesar de la falta de consenso en la comunidad médico-científica y el retroceso en varios países europeos sobre aplicar tratamientos.
El reportaje de que destapo el origen de esta debacle generacional
En un día de marzo de 2020, Andrés, de 15 años a quienes sus padres describen como dulce, soñador y algo melancólico, les entregó “la carta”: con letra infantil escribió que era mujer, pidió que no le hablaran más del tema y que lo llevaran a un endocrinólogo para que le recetara hormonas para su transición.
“Todavía no soy capaz de expresar lo inesperado de la revelación”, dice su madre. Y luego agrega: “Algo no me calzaba: siempre lo vi cómodo con su sexo, no era afeminado. Nada me hacía pensar que su vida había sido un error. ¿Podría haber estado tan desconectada?”.
Cuando les entregó la carta, Andrés estaba siendo tratado por una sicóloga por una depresión severa. A la profesional, tampoco le calzaba esta epifanía y pidió a una colega una prueba de Rorschach. El informe reveló síntomas ansiosos, depresivos, riesgo suicida y puntualizó que “hay momentos en que no puede apreciar la realidad de manera objetiva”, y sugirió avanzar en la transición.
El padre quedó extrañado.
“¿Cómo es posible que alguien que no puede ver la realidad en forma objetiva esté en condiciones de tomar decisiones tan radicales?”. Sin embargo, el hijo insistió que lo llevaran a un “experto en género”. A los padres les hizo sentido. Ameritaba profesionales con experiencia. Partieron a la consulta de un destacado psicólogo experto en adolescencia y docente de la Facultad de Sicología de la Universidad Católica.
“La experiencia fue durísima”, dice la madre. “Después de dos sesiones nos dijo que el problema era nuestro porque nos resistíamos al duelo por la pérdida de nuestro hijo”. También les advirtió, amenazante, que esto se trataba de un tema de derechos humanos. “¿Por qué los especialistas insistían en dejarnos fuera, en clarificar que no sabíamos nada? ¿Por qué tomaban la declaración de nuestro hijo como premisa absoluta?”
Cuando decidieron no llevarlo más, el sicólogo le escribió un whatsapp a Andrés para acusar la traición de sus padres. Luego llegaron a la psiquiatra experta en género Paz Quinteros ellos solos. “Le dijimos estamos llenos de dudas, nuestro hijo nunca ha mostrado ningún rasgo de que actúe como niña y queremos una evaluación. Estábamos bastante confiados que no iba a salir nada, y ella nos dijo: ‘no lo tramiten más y tráiganlo’”, cuenta la madre.
“Tremendo doble estándar”
Tras dos sesiones le diagnosticó disforia de género, el malestar síquico que afecta a las personas cuyo sexo biológico no coincide con el género con el que se identifican, y los derivó al endocrinólogo de la red UC Christus, pionero y referente en pediatría trans, Alejandro Martínez, para que iniciara el tratamiento, no sin antes advertirles: “la tasa de suicidio en niños que no son apoyados por sus padres es altísima” (VER ENTREVISTA AL FINAL DE ESTE ARTÍCULO).
Aterrados, llegaron a la consulta de Martínez. De ahí Andrés salió con una receta de triptorelina, un bloqueador de pubertad inyectable que fue indicado “a permanencia” para congelar su desarrollo. Así, suspendido en un cuerpo infantil, tendría tiempo para pensar si continuaba con hormonas cruzadas, en su caso estrógeno, para feminizar el cuerpo.
La triptorelina es un medicamento indicado para el cáncer de próstata avanzado y el tratamiento por periodos acotados en casos de pubertad precoz. Consultados, la FDA de Estados Unidos y el IPS de Chile, dijeron que no está aprobado para su uso como bloqueador de pubertad para niños en tránsito.
Andrés también salió de la consulta con la indicación de congelar espermios: iba a quedar estéril. El padre quedó perplejo. Hacía un tiempo había acudido a un urólogo de la misma clínica para practicarse una vasectomía. Con cuarenta años y tres hijos sentía que había completado su familia, sin embargo, el médico le negó la operación. “Me dijo: ‘En la Católica no hacemos vasectomías, porque es política de la institución no alterar el curso natural de la vida, no inducir artificialmente algo que altere la reproducción’”.
Pero no tenían reparos en dejar a su hijo de 15 años infértil.
“Tremendo doble estándar”, dice.
El médico también le informó que arriesgaba una osteoporosis. Al padre le pareció raro que no le hayan pedido una evaluación psiquiátrica y que no tuvieran que firmar un consentimiento informado.
–¿Qué dijo su hijo sobre todos estos efectos secundarios?
–Él estaba dispuesto a asumir todos los costos. Nos dijo ‘yo quiero ser feliz y esto que me está pasando me duele’. El sufrimiento es real, y para los padres es una pesadilla, porque nuestros hijos nos presionan para avanzar. Pero ¿has visto a algún adolescente que piense en el largo plazo? No. Les importa lo que quieren hoy y les cuesta salir de sus convicciones.
Investigando, llegaron a la Agrupación Amanda, en España, donde tomaron contacto con otros padres. Había casos idénticos y “la carta” era parte del libreto.
“Te tiro la bombita pero no hablamos más del tema”, dice el padre. “El patrón es el mismo, tú les preguntas ‘¿desde cuándo?’ y dicen ‘desde siempre’, también usan mucho la frase ‘no encajo’. Él ya había averiguado, sabía qué decir, qué no decir, tenía un discurso copy paste. Entre los mismos niños se hacen coaching, ayudados por activistas en redes sociales”, dice la madre.
Decidieron avanzar lo más lento posible para ganar tiempo. Cuando él pedía que le compraran las inyecciones, le decían que antes tenía que hacerse exámenes y otras dilaciones. Pero el desenlace se aceleró cuando llegó a sus manos el libro “Un daño irreversible: La locura transgénero que seduce a nuestras hijas”, investigación de la periodista del Wall Street Journal, Abigail Shrier, que salió elegido libro del año por The Sunday Times y The Economist.
Ahí decía que más del 95% de los niños que empiezan con bloqueadores de pubertad pasan a hormonas cruzadas y completan su tránsito.
“O sea, era un pasaje de ida, sin retorno y dijimos ¡no! Andrés se enrabió, hubo una confrontación muy fuerte y empezamos una terapia familiar donde acordamos que íbamos a hablar del tema de género en las sesiones para no llevarlo a la casa. Hubo sesiones duras, pero varias donde hablamos de las cosas positivas que tenía nuestra familia. Él empezó a crecer, terminó la pandemia, salía con los amigos, le empezaron a gustar las niñas, y él a ser de gusto de niña. Vivió la vida de una adolescente común y corriente. A medida que el tratamiento para la depresión comenzó a funcionar, la disforia se disipó. Hacia el final de las sesiones nos dijo ‘esto tiene que ver con otra cosa, con una inconformidad más personal’, porque lo trans es una forma de negarse a uno mismo, es como decir esto que tú estás mirando no soy yo. Lo que hicimos fue un refuerzo de autoestima muy consciente, incentivamos el pensamiento crítico, tiramos muy abajo todas las redes sociales y nos vinculamos muy fuerte como familia”, cuenta la madre.
Andrés hoy tiene 18 años y una polola.
Hay un problema que lo acecha desde entonces, sin embargo. Esa vez que asistió al endocrinólogo, este le preguntó si usaba un nombre social y al decírselo quedó sacramentado en su ficha clínica. Ahora, cada vez que asiste a una consulta médica o va a realizarse un examen en la red UC Christus, en el altoparlante se escucha su nombre femenino.
Sus padres optaron por cambiarse de clínica.
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“Sensibilizar o denunciarlos”
Inglaterra, uno de los países a la vanguardia en el tránsito de niños, acaba de prohibir el uso de bloqueadores de pubertad en el sistema público de salud (NHS), salvo en pruebas clínicas. Ya había cerrado la emblemática clínica Tavistock, de referencia nacional para el tránsito de menores, junto con el servicio de identidad de género (Gids), después de que Keira Bell, una expaciente que “detransitó”, decidió echar pie atrás a su tratamiento masculinizante para volver a ser mujer, los demandara.Voces disidentes del personal médico, además, habían denunciado que se estaba bloqueando a niños en forma acelerada, tras apenas una sola consulta y sin indagar en posibles trastornos siquiátricos. A eso había que sumarle que las cifras de menores con incongruencia de género se habían disparado: si en 1997 habían llegado 97, para 2018 sumaban 2.590, y en el 76% de los casos correspondía a mujeres. El Gids aplicaba en sus evaluaciones el “enfoque trans afirmativo”, donde el sólo hecho de que un niño se auto perciba atrapado en el cuerpo equivocado, basta para ofrecerle y apoyarlo en tratamiento para transitar.
Este es el mismo enfoque que se aplica en Chile en toda la red pública y en algunas clínicas privadas y que apoya el Colegio Médico. El 31 de marzo en su cuenta de X publicó: “En el #DíaDeLaVisibilidadTrans, Dre. Javi Orellana, nos cuenta qué es una persona trans y por qué se conmemora este día. Desde #Colmed reiteramos nuestro compromiso con una atención inclusiva, afirmativa y respetuosa con las personas trans, que facilite su acceso a la salud”.
La circular número 5 sobre “sobre la atención de salud de infancia y adolescencia trans y género no conforme” del Ministerio de Salud (2022), dice que a los niños “se le atenderá́ afirmando su identidad” y agrega que “no se patologizarán las diferentes identidades”, porque “no están enfermas ni padecen un trastorno”.
El ministerio de Educación en su circular 812 “que garantiza el derecho a la identidad de género de niñas, niños y adolescentes en el ámbito educacional” obliga a los colegios a respetar el nombre social de los mayores de 14 años que soliciten cambio de identidad, incluso sin el apoyo de sus padres, y a adoptar medidas como uso de baños, camarines y uniforme del género con que se identifican.
El ministerio de Desarrollo social señala en sus “Recomendaciones para la implementación de los programas de acompañamiento para niños, niñas y adolescentes trans y género no conforme” que a los adolescentes mayores de 14 años se les debe “proveer acceso a información sobre métodos seguros para modificaciones reversibles: como entrenamiento vocal, fajamiento de busto, depilación láser, prótesis de pene y derivarlos para tratamiento hormonal o cirugía de modificación corporal”.
Ante los padres que se oponen a estas medidas, que se califican como “resistentes”, los funcionarios de la salud tienen dos opciones: intentar sensibilizarlos o denunciarlos a la justicia, señala el citado documento.
Parte del mundo universitario también se ha sumado a esta tendencia aplicándolo en la formación de profesionales. Una de las instituciones más comprometidas es la Universidad Diego Portales, a través del Centro de Estudios en Psicología Clínica y Psicoterapia (CEPPS) y su “Proyecto T”, que dirige el psicoterapeuta analítico y docente Claudio Martínez y donde hace su investigación doctoral en adolescencia transgénero el sicólogo trans afirmativo Christian Spuler.
Ahí ofrecen un servicio gratuito de psicoterapia trans afirmativa con “enfoque de derechos humanos” para niños en edad escolar con quienes practican terapia sicológica los estudiantes de esa carrera. También ofrecen sesiones de entrenamiento vocal con fonoaudiólogos. En 2022 firmaron un convenio con el Liceo de niñas Carmela Carvajal, de Providencia, para atender a la población trans de esa escuela y a sus padres.
Preocupado por las cifras disparadas de niños con incongruencia de género, el NHS de Inglaterra, le pidió a la destacada pediatra independiente, Hilary Cass, un pormenorizado informe sobre el tema, que salió a la luz pública en abril pasado. El Cass Review, señala que los tratamientos en niños con incongruencia de género se han sustentado en evidencia poco sólida, estudios de mala calidad, con efectos secundarios que superan los beneficios. Afecta a un grupo vulnerable con infancias traumáticas y problemas de salud mental, que van más allá del género, y que deben ser tratados por especialistas.
A diferencia del enfoque afirmativo, apunta a una intervención psicosocial, no con el fin de intentar cambiar cómo el niño se percibe, sino que para explorar sus inquietudes y aliviar su angustia, independiente de si luego opta por la vía médica, que no siempre será el mejor camino ya que un diagnóstico de disforia en la infancia no es predictivo de que la incongruencia permanezca en el tiempo.
Señala que los bloqueadores de pubertad plantean riesgos para el desarrollo neurocognitivo, la vida sexual y la salud de los huesos y que están lejos de servir para “ganar tiempo” ya que la mayoría pasa a hormonas cruzadas. Éstas, sugiere, se deben prescribir a mayores de 18 años. Además, niega que exista evidencia para afirmar que el tratamiento con hormonas reduzca el riesgo de suicidio en esta población, que es la razón que se suele esgrimir para su prescripción.
El informe Cass produjo un terremoto en la salud trans y varios países europeos han respondido con criterios ultraconservadores para medicalizar a niños y en Francia un grupo de senadores, quieren prohibir los tratamientos de transición para menores de 18 años calificando esta práctica como “uno de los mayores escándalos éticos de la historia de la medicina”.
En Chile aún no se toman medidas y los procesos de tránsito en menores siguen su curso a una velocidad insospechada. En su última cuenta pública, la semana pasada, el ministerio de Salud informó que en 2023 entraron 1.202 niños a su programa de apoyo a la identidad de género (Paig) “Crece con orgullo” –que los asesora en su proceso de tránsito– y que proyecta que para 2024 entrarán al programa otros 2.940 niños. Es decir, en dos años, habrán atendido a más de 4.000 niños con incongruencia de género. Una cifra elevada para una materia donde no existe consenso en la comunidad médico-científica y en que varios países europeos empiezan a retroceder.
La misma presidenta de la sociedad de Endocrinología, doctora Francisca Ugarte, en 2016, cuando se discutía la ley de Identidad de género expuso ante los parlamentarios que no debieran incluirse a los menores de edad en la ley, ya que, argumentó el 80% a 95% de los niños que presentan disforia lo superan durante la pubertad y es apenas una minoría la que persiste.
Sus declaraciones generaron polémica y fue acusada de transfobia por el activismo y el Movilh la trató de “fraude”. Esa podría ser la razón por la que la Dra. Ugarte haya declinado a participar en este reportaje. En esa línea la Dra. Cass, señala que los jóvenes que hoy buscan tratamiento han quedado atrapados en medio de un discurso tóxico y un debate asfixiante y polarizado y pidió que se dejara de lado la animosidad para buscar un consenso compartido. Sin embargo, después de publicar su informe ha recibido tantas amenazas que las autoridades británicas le recomendaron que no usara el transporte público. El informe Cass, también ha puesto en alerta a muchos padres chilenos que se han sentido presionados para someter a sus hijos con disforia a tratamientos que consideran acelerados.
¿Usted me podría decir Martín?
“Hola Melisa, cómo estás”, le dice la doctora al otro lado de la pantalla.Melisa mira a su madre, luego a la cámara y le responde: “¿Usted me podría decir Martín?”
La voz de la niña se escucha baja, tímida, quizás asustada. Tiene quince años y esta es su primera consulta con una ginecóloga. Quiere tratarse una explosión de espinillas y también suprimir su regla. La mitad de las mujeres de su curso, comenzaron a identificarse como hombres y ella tampoco quiere seguir siendo una niña. Llorando, le dice a su mamá que en las fiestas emborrachan a las chicas para abusar de ellas. Lleva un cuchillo cartonero en la mochila por si alguien le hace algo en la micro. Se siente vulnerable. Odia ese sangramiento que se lo recuerda.
Melisa, asiste a un colegio de élite donde tiene muy buen rendimiento académico, sin embargo, le cuesta integrarse al curso y las pocas amigas que tiene no pertenecen a la categoría de populares. Es retraída, fóbica y algo infantil. No entiende las bromas ni el doble sentido, tampoco detecta el bullying, por lo que su pediatra sospecha de un posible trastorno del espectro autista.
Melisa podía pasar el tiempo rescatando hormigas que se ahogan en la piscina, observando cómo se secan al sol, hasta que por el encierro de la pandemia y las clases online accede por primera vez a un celular, descubre las redes sociales y la incluyen en un grupo de whastapp. Al poco tiempo empieza con severas crisis de angustia. Tiene ataques de llanto. Su mamá decide revisarle el teléfono. De sus amigas del grupo una es hospitalizada por un intento de suicidio, otra sufre bulimia y otras se cortan los brazos.
“Cuando leí los mensajes casi me morí. Se daban recetas para vomitar, para cortarse y modificar el cuerpo”, dice.
Había pantallazos de los cortes. Eran profundos, lonjas que dejaban ver músculos y tendones. Tras indagar en la web se entera de que tienen relación con este cambio de identidad: ‘Cuando se rechaza el cuerpo hay que abrirlo para ver qué hay adentro, porque ahí estaría tu verdadero yo’, leyó.
“Entendí el nivel de angustia en que estaba la Melisa y la fui a abrazar y llorando y le dije estoy tan orgullosa de ti porque la pobre estaba tratando de contener la locura de estas otras cabras”, cuenta.
Al salir del encierro su hija se cortó el pelo y empezó a salir a la calle con ropa ancha. De regreso en el colegio pidió que comenzaran a decirle Martín. En este contexto de drama, pensando que sería algo inocuo, su madre cedió al cambio de nombre. Siguiendo los protocolos impuestos por el Mineduc en su circular 812, donde a partir de los catorce años un niño, incluso sin necesidad de la autorización de sus padres, puede pedir cambio de nombre social y ser tratado por el género con el que se identifica, el rector envió un correo para informar a la comunidad y autorizó a que usara el baño y camarín de los hombres.
Pero rápidamente la madre se dio cuenta de que quizás esta no había sido una buena idea, menos aún en una niña con problemas de integración social. “Era el camino a la perdición. Porque la condena a comportarse como un Martín que no existe, que no nació acá, que no estuvo durante estos últimos quince años acá y ahí se produce la verdadera disforia porque Martín tiene tetas y menstrua. Y empieza la presión para que el cuerpo de Melisa se adecue al cuerpo de Martín”.
Entonces, cuando su hija le comenta que una de sus amigas va a ponerse un implante de anticonceptivos para suprimir su regla, alarmada, decide adelantarse y pide una hora de telemedicina en la red UC Christus, donde suele atenderse, con una ginecóloga infanto juvenil cualquiera. Tiene la esperanza de que le indique los riesgos y desista; es una niña miedosa. Sin embargo, la conversación gira en una dirección inesperada. Instintivamente la madre decide grabarla.
–¿Ya hiciste la transición social? –le pregunta la doctora.
–¿Cómo definiría transición social? –responde la niña con su voz apenas audible.
–Cuando tú dijiste: sabís qué, quiero que me digan Martín.
–Apenas lo tuve claro para mí se lo dije a todo el curso.
–A eso nosotros le llamamos transición cuando tú dices: yo soy Martín. Y está el cambio en el Registro civil que es bien power y que ya puedes hacer por tu edad. Hay cosas importantes que tenemos que decidir, porque yo te puedo dejar sin regla para bajar la disforia, esa sensación de no quererla, eso que te recuerda que en un momento fuiste Melisa, pero también es bueno saber cómo te gustaría proyectar esto. No sé si tú cachai que acá tenemos un equipo bien power que trabaja con chicos y chicas que buscan hacer la transición hormonal. Somos varios especialistas, yo soy la gine, está el equipo de salud mental, están los endocrinos que son los que hacen las terapias hormonales, con estrógeno o testosterona dependiendo de si es chica o chico, y también tenemos un equipo de cirujanos que son los que operan las mamas. Yo también trabajo en el hospital Sótero del Río donde operan la genitoplastia, entonces, hay técnicas para para regodearse. Donde tú quieras yo te puedo mandar. Si Martín se quiere hacer una mastectomía yo lo puedo derivar, pero si se quiere sacar los ovarios yo voy a pelear por sus ovarios a morir porque son los que cuidan el hueso para que no tenga osteoporosis en el largo plazo.
“Cortamos el zoom y me dijo ‘qué brígido’. Y yo: ‘qué-brigido-qué’. ‘Que sin revisarme me haya derivado al endocrinólogo. Que haya ofrecido cortarme los senos y ni me preguntó cuánto ni media ni cuánto pesaba’”.
Salieron de la consulta con una receta de anticonceptivos. A las dos semanas de usarlas, le vino un sangramiento brutal.
“Esto es una mierda”, le dijo a su mamá y botó las píldoras a la basura.
“Un acto de fe”
“Yo lo encuentro terrible”, dice la madre de Josefa, una adolescente trans, cuando le comento que los bloqueadores han sido prohibidos en Inglaterra. “Es la inyección más dolorosa del mundo, vidrio molido, pero yo lo hice por la Josefa”.–No hay estudios a largo plazo de sus efectos en niños, es bastante experimental.
–Y yo te hago la pregunta, ¿qué haces? ¿esperar que le saliera la barba? ¿la manzana de adán? ¿le cambiara la voz? ¿Qué?
A los dos años, Benjamín, les dijo a sus padres que era una niña y de a poco empezó a vivir una doble vida. Hombre en el colegio, uno católico del sector oriente, y en la casa se ponía vestidos y pintaba las uñas.
“Para nosotros fue una sorpresa absoluta, completamente removedora y profunda, que nos cambió la vida. Y fue desde el más completo desconocimiento, porque yo ni siquiera sabía que existía el término trans. Yo conocía algo sobre travestis y había visto drag queen”, cuenta el padre.
Esta peculiaridad se hizo aún más real cuando nació su hermano chico. “Nosotros nos cuestionamos harto, al principio no sabíamos si era normal o no, era nuestro primer niño, nos parecía raro, pero cuando nació su hermano chico, esto se nos hizo tan evidente, pero tan evidente. A él le gustaban las pelotas, los autitos, se ponía la ropa del papá y Josefa tomó una actitud maternal con él. Hasta el día de hoy duermen juntos y se aman”, dice la madre.
Después de varias consultas con médicos y psicólogos, a los seis años le diagnosticaron disforia de género.
“Es fregado. Yo lo único que yo quería era un examen. El único test, me dijo el médico, es que le haga una prueba hormonal, y va a salir que tienes un hijo hombre. Al final termina siendo un acto de fe, te creo o no te creo. Yo dije te creo, voy contigo, te acompaño en el proceso”, dice el padre.
“Lloramos, pataleamos”, dice la madre. “Si me preguntas a mí, todavía quiero que se arrepienta, su vida sería tanto más fácil, pero ese acto de fe que haces significa verlos pasar de la oscuridad a la felicidad y la realización”.
Benjamín había empezado a apagarse, a ponerse introspectivo. Empezaron a temer.
“Cuando nosotros partimos con esto había una estadística mundial, de que el 60% de los chicos trans se suicida. Era nuestra espada de Damocles”, dice la madre y decidieron iniciar el proceso.
A los ocho años hizo el tránsito social en el colegio, donde recibieron el más amplio apoyo de las autoridades y la comunidad, y a los doce el Dr. Alejandro Martínez de UC Christus, su médico de cabecera, le recetó los bloqueadores.
Josefa aparece en la cocina vestida con uniforme escolar, el pelo largo, liso, un leve maquillaje. A sus 15 años, lleva más de la mitad de su vida como mujer. Ya está en tratamiento con hormonas cruzadas y el estrógeno hizo que se le ensancharan las caderas y le asomaran los pechos.
“Llegué a un punto que me identifico totalmente como mujer y me da lo mismo que tenga pene. Y si me llegara a complicar me quedan dos años para cumplir 18 y me puedo operar”, dice con total naturalidad. “Desde muy chica he sabido aceptarme y vivo en un ambiente muy privilegiado porque que mi familia siempre me apoyó”.
Tampoco tiene problemas con su antigua identidad masculina. En su casa hay una pared llena de fotos de cuando era Benjamín. “No es algo que me acompleje”, dice con su voz que permaneció aguda gracias a los bloqueadores.
–¿Alguna vez has dudado?
–Nunca. De chica estuve convencida de que algún día iba a poder cambiar mi cuerpo. Yo decía, esto no calza.
–¿Te preocupan los problemas de salud que implica el tratamiento? Ser estéril, la osteoporosis, hipertensión, entre otros.
–Uno nunca va a pensar tanto a futuro. Pueden pasar miles de cosas de aquí hasta que pase eso, pero yo ya me sentía lista, estaba convencida de que tenía que hacerlo, porque no estaba cómoda con mi cuerpo. Me decían Benjamín, pero yo no me sentía así y era extremadamente doloroso. Yo soy más feliz ahora porque pude ser quien yo era. Si me dices que esto me va a traer un problema de salud en el futuro, bueno, pero pude tener todos estos años en que pude ser yo. Y eso es mucho mejor
***
Juan Carlos Tapia abre la puerta de la fundación Juntos Contigo que dirige, el piso seis de un edificio en Ñuñoa. La oficina, donde recibe a los niños que buscan asesoría para su proceso de transición, es un lugar neutro, casi clínico, apenas un par de sillas, una mesa y una caja plástica transparente llena de muñecos y juguetes.Quizás lo más llamativo aquí sea él mismo, su hablar hiperbólico, estereofónico, modulado, como si todo el tiempo estuviera explicando algo muy difícil, y su barba tupida, lisa, coronada por un bigote en punta y enrollado como el del pintor surrealista Salvador Dalí.
Otra particularidad: entró en este negocio hace más de una década después de que su entonces hija le dijera que era un niño atrapado en el cuerpo equivocado.
“Y como dice el dicho por ahí, si la vida te da limones… Sólo te puedo decir que a la fecha hemos atendido 653 familias”.
–¿Y de esos 653 niños cuántos han transitado?
–Todos.
–¿No hay deserciones?
–No existen.
La Ley 21.120 de Identidad de género, promulgada en el segundo gobierno de Sebastián Piñera, permite que los niños entre 14 y 17 años cuya identidad no coincida con su sexo biológico puedan cambiar su nombre y sexo registral con la autorización del Tribunal de Familia. Además, dispone que “podrán acceder a programas de acompañamiento” desarrollados por el Estado junto a organizaciones de la sociedad civil.
Durante el actual gobierno de Gabriel Boric el ministerio de Desarrollo social, en colaboración con el ministerio de Salud, fue más allá y sin que la ley ni su reglamento lo mencionara, redujeron la edad para recibir esta asesoría a los tres años y agregaron la obligación de usar el enfoque afirmativo.
Así consta en el programa de apoyo a la identidad de género Paig, “Crece con orgullo”, “dirigido a personas trans y de género no conforme de 3 a 17 años y a sus familias, a través de tres componentes: atención género-afirmativa, orientación familiar e inclusión de niños, niñas y adolescentes en el entorno educacional”.
Los niños tienen que consentir, con su firma o una raya cuando aún no saben escribir su nombre.
Tapia colaboró en la elaboración de esta política pública y dirige la única fundación privada acreditada por la subsecretaría de la Niñez para proveer acompañamiento. También ha hecho capacitaciones a doce universidades, sesenta colegios, nueve municipalidades, al Registro Civil, varios hospitales, a Cesfam, Carabineros, al Sename, al ministerio de Educación, e incluso a la propia subsecretaría de la Niñez que lo acredita. Ahora mismo en su Instagram está promocionando un diplomado para el segundo semestre de 2024 dirigido a profesionales, líderes de ONG y agrupaciones que trabajan con niños trans en toda Latinoamérica. El programa, que es online, dura 200 horas académicas y cuesta $457.000.
Lo común en esta pyme de acompañamiento es que la primera en consultar sea la madre que de a poco irá involucrando al resto de la familia; los padres suelen ser más reacios. La primera entrevista la hace él mismo junto a una trabajadora social y dura una hora y media. Les da una charla sobre diversidad y deriva al profesional más idóneo para acompañar el proceso.
“Aquí hacemos la labor completa bio-sico-socio-médico-educativa-legal. Tenemos una red de profesionales con la que hemos visto muchos casos. Somos un apoyo, una guía para que la gente pueda comprender el proceso. No tienen ninguna certeza, saben que algo ocurre, pero no muy bien qué, entonces hay que entregarles material bien específico con relación a la infancia”.
–¿Ustedes trabajan con endocrinólogos o derivan?
–Tenemos una red de profesionales con la que hemos visto muchos casos. El Dr. Alejandro Martínez de la Universidad Católica es de las personas que nos ha apoyado desde el principio en el tema hormonal, sabe mucho.
–¿Y derivan a mastectomías?
–Por supuesto y se hace en la etapa de adolescencia, 15 años a 16 años.
–¿Eso depende del criterio del doctor?
–Depende del criterio familiar. Son las familias las que se van educando y evaluando qué es lo que les hace bien a sus hijos y van tomando decisiones.
–Quedará sin la capacidad de amamantar si quisiera ser madre y perderá toda la sensibilidad erógena.
–Yo me atrevería a decir que una persona que está en un proceso de tránsito que lleva muchos años de acompañamiento con profesionales y cuya familia se ha informado muchísimo y está viendo que los pechos de ese niño le están generando un tremendo daño, lo beneficioso para este infante es realizar una cirugía.
–¿A los quince años tiene la madurez, cuando el cerebro termina de madurar a los 25?
–Pero cuántas personas adultas no son maduras.
–¿A los quince años no puede manejar, comprarse un cigarro, una cerveza ni casarse, pero puede decidir cortarse los pechos?
–Son los padres los que toman las decisiones de los hijos. Créeme que lo que tú acabas de argumentar es muy recurrente.
Juan Carlos Tapia explica que cuanto antes lleguen los niños a sus manos, mucho mejor.
–Entre los 3 y 11 años el infante todavía no viene tan dañado. Son los padres los que tienen que adquirir herramientas para lidiar con el proceso y no que el niño tenga que estar en psicoterapia. No tiene ningún sentido.
–¿Por qué no debería ir a terapia?
–Porque auto percibirse diferente a tu sexo genital es algo natural. Porque el niño es trans de toda la vida, no es algo inventado. No es algo que le esté generando un daño a esta persona. ¿Qué es lo que genera el daño? El rechazo. Los padres son los primeros que generan los daños emocionales y de inseguridad a los niños. Entonces ¿quién tiene que estar en terapia, el infante o yo?
–¿Los padres pasan a ser el primer enemigo del hijo?
–Absolutamente, pero por desconocimiento. Cuando un infante quiere transmitirle a la familia lo que está viviendo, se arma de valor, hace un trabajo de joyería para intentar explicarles con una carta, un mensaje de texto, un audio o simplemente enfrentándolos directamente, lo que le está ocurriendo y se encuentran con un tremendo rechazo y ahí aparecen trastornos alimenticios, cuadros ansiosos, depresivos, intentos de suicidio, que son las comorbilidades que les genera este cuadro.
–¿Entonces todos estos cuadros psiquiátricos en los adolescentes son causados por el rechazo de los padres?
–Absolutamente. No es que el niño a propósito de su proceso de tránsito vaya a estar viviendo inconvenientes en su salud mental.
–¿Y usted qué estudió?
–Soy diseñador gráfico y programador web.
Una notificación del juzgado
“Usted tiene que asumir que su hija se murió y que le ha nacido un hijo”.La frase, dicha por la psicóloga del Cesfam, le heló los huesos a una feriante de una comuna modesta del sur de Santiago. “¡Esto no puede ser! ¡Estamos hablando de una niña de 12 años!”, replicó la mujer desesperada. “¿No será más fácil ayudar a que la niña se conozca y más adelante ver esto?”
Pero sus palabras rebotaron en la terapeuta, que además la derivó a una ONG donde podría conseguir las hormonas.
Había llegado hasta el Cesfam por recomendación del colegio. Unos días antes la directora los había llamado porque su hija estaba con síntomas depresivos y ansiosos porque estaba sufriendo bullying. Sin embargo, la conversación tomó un giro insospechado. Les dijeron que su hija era transgénero.
“Fue una camionada de agua fría”, dice el padre. “Ella jamás había dado alguna señal en ese sentido”, agrega la madre. De regreso en la casa, cuando le preguntaron, dijo: “No me siento ni hombre ni mujer, soy sólo un ser”.
Indagaron más y se enteraron de que en su grupo de amigas, que eran seis, todas usaban nombres masculinos, y que a su hija la habían bautizado como Bayron. Una de ellas incluso estaba en tránsito con bloqueadores de pubertad. Impactado, el padre increpó a la directora. “Nos dijo que estaban obligados a aceptarlo porque son las normas del ministerio de Educación. ¿¡En un colegio del opus dei!? O yo estoy loco o el mundo está girando al revés”, dice.
La llevaron a terapia al Cesfam porque pensaron que le iban a aliviar la depresión y el tema del género se disiparía como otra inseguridad más de la adolescencia. Sin embargo, tras las sesiones Rita llegaba irritable, directo a encerrarse en su pieza.
“Eso me empezó a causar ruido y pedimos una hora para hablar con la sicóloga. Yo, por motivos médicos, no puede ir y fue mi esposo: eso dio pie para que nos demandaran”, cuenta la madre.
El padre relata con su voz gruesa, de volumen alto y hablar golpeado cómo fue esa sesión: “Buenos días, quería saber cómo estás llevando el tema, porque por lo que la Rita me cuenta, tú estás asumiendo que tengo que tratarla como hombre. ‘Acá lo tratamos como el niño se defina’, me dijo. Para mí esto no es normal. Yo soy un hombre de 55 años y hay dos géneros, hombre y mujer, lo demás son inventos. Nació mujer, creció mujer y va a ser mujer hasta el día en que me muera. Para mí es Rita. Mi casa, mis reglas”.
Al mes les llegó una notificación del juzgado de Familia por vulneración de derechos al oponerse a su cambio de identidad de género. En la denuncia la psicóloga del Cesfam agregó: “Se hace necesario que el papá sea sometido a una evaluación de descontrol de impulsos y emociones y a una evaluación de fortalecimiento de habilidades parentales”.
“Lo que la psicóloga en el fondo le dice es: ‘El que está mal es usted’”, dice el abogado Javier Mena de la fundación Comunidad y justicia, que tomó el caso pro bono. “Y además generan la presunción de que es un padre violento, algo que fue desestimado por el tribunal”, indica.
En el juicio el Cesfam pidió que la niña entrara a un programa de apoyo para la identidad de género (Paig). Los abogados plantearon un camino alternativo. Presentaron el caso como el de un cuadro de salud mental delicado que debía debe ser tratado por profesionales idóneos y, después de mostrar informes que cuestionan los tratamientos trans afirmativos, como el que sugería el Cesfam, ofrecieron un plan terapéutico personalizado y de largo plazo con una sicóloga particular de la Fundación Raíz Humana.
El tribunal aceptó y están en la fase de cumplimiento.
“El estado actual de la niña es de mejoría. Fuera celular y redes sociales y la niña es otra persona. Ya no quiere transitar y está feliz. Se salvó”, dice Mena.
La madre cuenta que la cambiaron a un colegio mixto donde hizo nuevos amigos. “Le hablas del tema de identidad y ni se acuerda. Anda con pinches y se compró un brillo labial”, cuenta.
Pero ya no la pueden llevar más a atenderse al Cesfam, o a un hospital público. En su ficha médica quedó registrada como Bayron.
..................el resto del reportaje en el link de Biobio (´por el tamaño el fono no lo admite )
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