Hola…, con mi amorcito Axel desde nuestro balcón..., les quiero decir que los AMO!
No ha sido fácil este camino en redes sociales. De verdad que no. Siempre he creído —y lo sigo creyendo— que bien usadas pueden llevarnos mucho más lejos de lo que imaginamos, conectar, construir, acompañarnos. Pero cuando aparece la cobardía del anonimato… ahí cambia todo.
Desde hace años me persiguen, me hostigan, me atacan desde las sombras. Y uno se pregunta: ¿por qué no decir las cosas de frente? Si tienen algo que decir, aquí estoy, con nombre y apellido, dispuesto a conversar, a debatir, a escuchar incluso. Pero no… prefieren esconderse detrás de perfiles falsos. Y eso, más que molestar, retrata. Retrata una cobardía enorme, una falta de consecuencia que no merece respeto alguno. Todo lo contrario.
Y ¿saben qué? Hay algo que me sostiene. Cuando mi papá partió, me dejó una enseñanza que llevo grabada: nunca, pero nunca dejarme amedrentar. Y eso no lo voy a traicionar. No por bravucones escondidos en seudónimos.
Si quieren criticar, háganlo. Si quieren cuestionar, bienvenido sea. Pero den la cara. Porque atacar desde la sombra no es valentía, es miedo. Y el miedo, tarde o temprano, se devuelve. Como un boomerang.
Yo no estoy para eso. No me intimidan. No más.
Aquí estoy. Como siempre he estado: de frente, de pie y dando la pelea por lo que creo.
Y sobre todo, aquí me quedo. No voy a abandonar a la gente que me acompaña, que me sigue, que entiende mi forma —a veces directa, a veces sin filtro— pero honesta. Porque esto también es por ustedes.
Ánimo, amigos. De verdad.
No hay mal que dure cuatro años… y nosotros tampoco estamos para rendirnos