Estoy bien de acuerdo contigo en lo principal: hoy muchas barras bravas están dominadas por delincuencia, narco, y tipos que hace rato dejaron de ir al estadio por amor al club. Se transformaron en grupos que solo buscan poder, control y plata. Y sí, hay que dejar de hacerles el juego. No se puede seguir justificando ni normalizando algo que claramente le hace daño al fútbol y a la sociedad.
Ahora, eso no significa que haya que mirar el tema solo desde lo criminal. También hay una historia detrás que nadie quiso enfrentar. Por años se dejó que las barras crecieran sin control, porque a muchos les convenía: a los clubes para mover gente, a algunos políticos para hacer favores, y al Estado porque era más fácil meter pacos que hacerse cargo en serio. Nadie tomó el toro por las astas.
Y la sociedad tampoco es inocente. Todos sabíamos que los clubes regalaban entradas, que los líderes de barra apretaban técnicos y dirigentes, y que muchos cabros chicos entraban a esos grupos porque no tenían otro lugar donde sentirse parte de algo. El problema no nació en la galería, nació en todo lo que está alrededor: desigualdad, abandono, falta de oportunidades.
Por eso, claro que las barras como están hoy tienen que desaparecer. Pero si no hacemos algo con las condiciones que permitieron que llegaran a este punto, lo único que va a pasar es que la violencia se va a mover a otro lado. Castigar sin hacerse cargo del fondo es patear el problema.
Si queremos un fútbol sano, hay que limpiar, sí, pero también construir. Porque lo que pasa en los estadios es un reflejo de lo que pasa afuera. Y afuera, hace rato que estamos fallando.