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fragmentos de la "Otra" vida de Bachelet, en la RDA

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  • El matrimonio de una pareja de exiliados chilenos en Potsdam quedó registrado en un documental que permaneció por casi cuatro décadas en el sótano de unos departamentos de la desaparecida Alemania Oriental. La película muestra las únicas imágenes audiovisuales conocidas de Michelle Bachelet en su exilio, entre 1975 y 1979. Invitada al festejo, de 26 años y embarazada de su primogénito Sebastián, el filme revela la desconocida cotidianidad de la Presidenta y de los refugiados en el lado oriental del Muro.
Son apenas ocho minutos y, sin embargo, el documental es un extracto exquisito de la vida de los chilenos exiliados en la RDA en la segunda mitad de los setenta. El casamiento de una pareja de refugiados en Alemania Oriental. Solamente dos locaciones: el Registro Civil de Postdam y la fiesta en un pequeño departamento del barrio de Babelsberg. Entre los invitados, Michelle Bachelet, de 26 años, junto a Jorge Dávalos, de 31. Casi cuarenta años después de la filmación, la película llegó a Chile por dos caminos insólitos. Eine chilenische Hochzeit (Un matrimonio chileno, 1977), del alemán Rainer Ackermann y el búlgaro Valentin Milanow, comienza así:

—Ahora estoy dispuesta a recibir el sí de parte de ustedes. Antes, quisiera subrayar que con su aprobación y mi firma, su matrimonio adquiere validez legal. Les pido levantarse, señala una circunspecta oficial alemana del Registro Civil.

Los novios se ponen de pie. Las imágenes son en blanco y negro.

—Señor José Fuica, ¿desea usted contraer matrimonio con la señorita Alejandra Holzapfel? De ser así, conteste “sí”.

—Ja, confirma en alemán Pepe Fuica, chileno, militante socialista, que había conocido a su mujer en la RDA.

—Señorita Alejandra Holzapfel, ¿desea usted contraer matrimonio con el señor José Fuica? De ser así, conteste “sí”.

—Ja–, asienta también Alejandra, conocida entre los chilenos exiliados como Coneja.



Hija de un diputado radical muerto en 1969, la novia se ve bonita y contenta. En Chile, sin embargo, había vivido una época de terror. Militante del MIR en la clandestinidad, la estudiante de Veterinaria a fines de 1974 había sido detenida por la Dina. Durante tres meses fue víctima de torturas atroces en Villa Grimaldi, la Venda Sexy y Tres y Cuatro Alamos. Su historia aparece en Ingrid Olderock. La mujer de los perros, de la periodista Nancy Guzmán, una investigación sobre la integrante de la Dina que utilizaba animales para violentar sexualmente a las víctimas.

Pero en el Registro Civil de Postdam se vive una jornada de felicidad y la funcionaria alemana finalmente sella el acuerdo nupcial: “Como símbolo visible de su unión, tienen ustedes ahora la oportunidad de intercambiar argollas”. El silencio estricto de la ceremonia se rompe de repente con el sonido de una pieza solemne interpretada en la misma sala por un pianista, un violinista y un chelista vestidos elegantemente.



El ambiente del departamento es otra cosa: la argentina Liliana Althube, funcionaria de la embajada de Argentina en Berlín y emparejada con chileno, anima el festejo con guitarra y canciones latinoamericanas. Interpreta Mire mi amigo del uruguayo Alfredo Zitarrosa: “Mire mi amigo no venga con esas cosas de las cuestiones. Yo no le entiendo mucho…”.

La vivienda decorada con afiches de Salvador Allende pertenece a la novia. De acuerdo a algunos chilenos que compartieron el exilio con Alejandra, estaba ubicado en el mismo block de departamentos de Postdam donde vivieron Bachelet y su madre, Angela Jeria, cuando llegaron a la RDA desde Australia en la primera mitad de 1975. Las tres mujeres eran vecinas y en estas residencias proporcionadas por el gobierno alemán compartieron los dolores de esta primera etapa del destierro. Un pequeño living-comedor, una cocina angosta y un baño que, como se estila en Alemania, tenía el W.C. en un espacio diferente a la ducha. En el caso de las personas solas, un dormitorio.

La torta del matrimonio está adornada con una rosa. Algunas botellas y canapés distribuidos en platitos. La novia lanza su ramo a un grupo de apenas seis solteras en un espacio estrecho. En el documental del matrimonio Fuica- Holzapfel se advierte un ambiente festivo y familiar, aunque la veintena de invitados son solamente amigos del exilio: los parientes de los novios se encuentran en Chile, bastante lejos. Entre los asistentes se hallaban militantes de las Juventudes Comunistas (uno conocido como El estuche), de la Juventud Socialista (como la propia Bachelet), del MAPU (como uno al que llamaban El merluza) y un solo representante radical (el único de la fiesta que lleva corbata). Algunos niños chilenos y un puñado de alemanes, que parecen disfrutar como nadie la celebración.



Comienza el baile y suena Pobre caminante de un tocadiscos. Entre los invitados que se animan a salir a la pequeña pista se encuentra Carlos Puccio, hermano del ex ministro socialista Osvaldo Puccio, jovencísimo junto a su señora Marisol Guerra. Sentados en el living, el economista del PS Sergio Arancibia y Margarita Luque, esposa de Exequiel Ponce. Miembro de la Comisión Política del Partido Socialista, había sido detenido en Chile el 25 de junio de 1975 y no se conocía su paradero. La mujer está acompañada de una niña, aparentemente de su hija Tania. En una escena entrañable, los documentalistas entrevistan a la señora Ponce y la pequeña le ayuda con el alemán. La mayoría de las ocasiones, los menores aprendían el idioma antes que sus padres.

Este era el mundo en la RDA de 1977 en el que se desenvolvía socialmente Michelle Bachelet, que observa la escena del baile desde una esquina junto a dos amigos: estaba embarazada de su primer hijo, Sebastián, que iba a nacer en Leipzig el 1 de junio de 1978. En la época en que mejoraba su alemán y retomaba sus estudios de Medicina suspendidos en Chile, lleva el pelo largo, gafas grandes y usa un vestido de seda hindú. La actual Presidenta utilizó un atuendo similar para su matrimonio con Dávalos, en diciembre de 1977, según se observa en las fotografías familiares. De acuerdo al libro Michelle, de Elizabeth Subercaseaux y Malú Sierra, lo había comprado durante un reciente paso por Fiji.

El tocadiscos queda en silencio. Se acaba Pobre caminante y empieza el discurso.

—Como el vino es poco, el que no baila no toma, dice en medio de la pista un socialista dicharachero. Los invitados y los novios comienzan a darle un sorbito a la única botella que pasa de mano en mano. Abrazados y dando pasitos de un lado a otro, cantan todos juntos: “Tómese esa copa, esa copa de vino. Tómese esa copa, esa copa de vino. Ya se la tomó, ya se la tomó. Y ahora le toca al vecino”.

Milanow, el realizador búlgaro, entrevista a los recién casados. Alejandra, en perfecto alemán que había aprendido en el colegio en Chile, dice que quiere continuar con sus estudios de Veterinaria y que Pepe, su flamante esposo, pretende ser profesor de marxismo leninismo. Sueñan con radicarse en Mozambique, Angola o Cuba.

Bachelet aparece en dos escenas de Un matrimonio chileno. En una segunda ocasión se le ve sentada junto a Dávalos y al resto de invitados, cuando aparentemente la fiesta se ha detenido y los chilenos exiliados cantan canciones como Gracias a la vida de Violeta Parra. En la fecha de este matrimonio, Bachelet realiza reservadas labores políticas desde la RDA y todavía no sabe que faltaría cerca de un año para poder regresar a Chile en febrero de 1979.



Pasaron algunas décadas antes de que el documental aterrizara en Chile. Isabel Mardones tiene a su cargo la cinemateca del Goethe Institut y es coautora de una magnífica investigación sobre las relaciones de las dos Alemania con el cine chileno: Señales contra el olvido. Cine chileno recobrado (Cuarto Propio 2012). Gracias a sus gestiones, en 2013 llegó a Chile la historiadora de cine y realizadora de la Universidad de Southampton, Claudia Sandberg. La investigadora alemana visitó Santiago y dictó un seminario para los alumnos de la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), con largos y cortos sobre el exilio chileno en la RDA producidos por Compañía Cinematográfica Estatal de Alemania Oriental (DEFA). Entre las cintas que mostró a un grupo de estudiantes y algunos profesores se hallaba Eine chilenische Hochzeit. Recién entonces y gracias a la confirmación de las profesoras Bárbara Fuentes y Paz Montenegro se pudieron percatar de la presencia de la Presidenta Bachelet entre los invitados.

Pero el documental siguió una ruta paralela. La novia, Alejandra Holzapfel, por mucho tiempo intentó recuperar la cinta de su casamiento. El búlgaro Milanow, un joven pasante en los estudios de la DEFA, a fines de los setenta le había regalado una copia. Eine chilenische Hochzeit, sin embargo, quedó guardado por años en el sótano de un departamento en Leipzig, la ciudad a donde la chilena se trasladó junto a su marido Pepe. Retornada a Chile en 1987, donde se dedicó a la gestión cultural, recién hace unos meses logró tener el filme nuevamente en sus manos: una persona que vivía en la vivienda de la antigua Alemania Oriental se lo trajo de regalo. Holzapfel nunca se enteró de que en 2013 un grupo de estudiantes y profesores de la UAI habían visto la proyección de su casamiento.

Los asistentes a la boda consultados no recordaban la existencia del filme. Unos se excusaron de ayudar en la reconstrucción del festejo, por tratarse de un período doloroso que prefieren no rememorar, y algunos observaron el corto con la nostalgia de reconocerse a ellos mismos y a los amigos en una época que ahora parece tan lejana. Holzapfel pretende, en algún momento, juntarlos a todos para proyectarlo.

Pero las vidas de unos y otros, reunidas en los ocho minutos de Eine chilenische Hochzeit, siguieron rutas distintas e inesperadas.

Alejandra y Pepe tuvieron hijos y se separaron en 1979. Holzapfel lo abandonó y se radicó con los niños en Frankfurt: nunca le pudo perdonar que, cuando ella pretendía regresar a Chile para luchar contra la dictadura, Fuica la denunciara ante el consulado para impedir el viaje, de acuerdo a una entrevista que la gestora cultural concedió a The Clinic en 2013. El finalmente logró estudiar marxismo leninismo como deseaba, pero murió en Alemania en un accidente de tránsito.

Carlos Puccio, que bailaba animado junto a Marisol, se transformó en director de cine. En 1994 estrenó Aquí, donde yo vivo, un documental que relata el drama de los hijos de los exiliados que volvieron a Chile en los años noventa. Falleció hace menos de un año, luego de una larga enfermedad.



Margarita Luque, que también retornó, murió en junio de 2008. Nunca pudo encontrar los restos de su marido, Exequiel Ponce, que hasta la actualidad conforma la lista de detenidos desaparecidos. Su hija Tania se transformó en traductora.

Y Michelle Bachelet.



La invitada que usaba gafas grandes y vestido hindú, en 2006 llegó a ser la primera mujer Presidenta de Chile. A punto de cumplir 64 años y abuela de dos nietos, hijos de Sebastián, al que esperaba en ese casamiento olvidado, hace diecisiete meses está nuevamente en La Moneda en su segunda administración.


“El tema Chile era algo que preocupaba al Estado de Alemania Oriental”, explica Isabel Mardones, encargada de la Cinemateca del Goethe-Institut Chile.
De acuerdo al crítico de cine Ascanio Cavallo, “a pesar de la distancia idiomática, geográfica y cultural, no existió ningún ambiente fílmico que dedicara tanta atención al exilio chileno como el de la RDA”. “Le permitía confirmar su superioridad moral sobre Alemania Federal y la necesidad de establecer barreras como el Muro contra las agresiones”, señala el periodista.
La académica alemana Claudia Sandberg, que trabaja en un largometraje documental sobre las películas chilenas de la DEFA, dice que en el corto Eine chilenische Hochzeit (1977), “se muestran los anhelos, las incertidumbres, la desesperación y la esperanza”.
El cineasta Rainer Ackermann, uno de los guionistas, ratifica el interés de la DEFA por retratar la vida cotidiana de este grupo de refugiados: “El exilio chileno tenía toda nuestra simpatía”. Desde Alemania se declara sorprendido: hasta ahora no sabía que Michelle Bachelet estaba entre las invitadas a ese matrimonio.

http://www.caras.cl/sociedad/fragmentos-de-la-vida-de-bachelet-en-la-rda-un-casamiento-olvidado/
 

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Primavera de 1976: Alejandra Holzapfel Picarte (21) entra corriendo -los puños apretados, la respiración entrecortada, los ojos enrojecidos- a su departamento en el block Karl Marx 34 en Potsdam, Alemania, donde vive su exilio desde 1975. Casi rompe su polera y pantalón mientras, llorando, se desnuda. Tropieza al empujar la puerta del baño y, aún sin recuperar el equilibrio, entra a la ducha y abre la llave del agua. Toma una esponja y comienza a refregarse el cuerpo con tanta vehemencia que se le irrita la piel, pero sigue tratando de quitarse la suciedad imaginaria. De golpe, llegan los recuerdos: ella vendada, sin ropa, sobre un camastro, violada por Osvaldo Romo; ella en el suelo, sujetada por agentes de la DINA, mientras una mayor de carabineros dirige a un perro amaestrado para ultrajarla. Sale a su dormitorio, aún estilando, cubierta sólo por una toalla. Se sienta en la cama frente a un espejo y se observa.

Ese día, por vez primera desde su paso por los centros de tortura pinochetista, Alejandra tuvo un contacto romántico con un hombre y fue un desastre. Su amigo Pepe Fuica -un militante socialista a quien conoce hace un par de meses, cuando la convenció de entregar su testimonio como torturada política a Naciones Unidas-, la besó de improviso mientras caminaban por su barrio en Am Stern. Para él, se trató de un arrebato amoroso. Para ella, el que la tomara por sorpresa fue arrastrarla, otra vez, a los días en que fue violentada sexualmente: cayó al suelo, lo golpeó una y otra vez, y luego huyó.

Encerrada en su habitación, Alejandra ya ni siquiera llora. Sólo mira, en silencio, su reflejo. Afuera de su edificio, Fuica termina de fumar un cigarrillo y enciende de inmediato otro con las manos temblorosas. Está descolocado y se cree responsable de la reacción de Holzapfel, por lo que decide quedarse un par de horas ahí, a la espera de que ella salga de su guarida. Como ello no ocurre, se marcha a Berlín y un mes después le envía una carta, disculpándose. Ella le contesta y le sugiere encontrarse y conversar: He decidido, le dice, vivir la vida que soñaba antes del Golpe de Estado.

“Recuperar la alegría era también una decisión política, una forma de ganarle a la dictadura”, explica hoy, a sus 60 años, Alejandra.

Esta convicción la lleva a casarse con Fuica, a ser madre con él y a volver a sonreír pese a haber sido brutalmente torturada por más de tres meses desde que fue tomada prisionera a fines de 1974.

LA CAÍDA

El 11 de diciembre de 1974, en las horas previas al inicio de su calvario por los centros de tortura, Alejandra, estudiante de Veterinaria, recibió en su departamento en Santiago Centro a una de sus amigas más cercanas, Beatriz Bataszew, quien, como ella, militaba el en MIR.

Bataszew estaba siendo buscada por los organismos represivos. La información que se manejaba entre los miristas es que todas las casas de seguridad de la organización habían sido allanadas o estaban bajo vigilancia y que algunos de sus compañeros estaban presos. De otros, nada se sabía. Necesitaba esconderse por unos días.

En silencio, ambas cenaron esa noche y luego durmieron a sobresaltos. A las cinco de la madrugada, un fuerte ruido las despertó. Aún no amanecía. La oscuridad era casi absoluta y en la puerta un hombre exigía que le abriera. Las dos sabían lo que eso significaba. O creían saberlo. La magnitud de la crueldad de los organismos de represión no era conocida hasta eses entonces.

Mientras la mamá de Alejandra se levantaba a atender, Beatriz advirtió que portaba un documento estratégico que no podía caer en manos del Régimen. Entre las dos, rompieron los papeles y los masticaron mientras tomaban agua para no atorarse. Una tía abuela de Holzapfel, que también vivía con ellas, estaba inquieta con el inusual movimiento. Tan tarde o tan temprano no es hora de llegar a los hogares decentes, decía.

En la puerta de entrada, la mamá de Alejandra intentaba convencer al joven oficial Fernando Lauriani Maturana, a cargo del operativo, de que esa noche sólo ella estaba en casa. La misión no le era difícil. Aunque se haría conocido como uno de los criminales más crueles del Régimen, Lauriani no era precisamente una lumbrera. El militar estaba decidido a retirarse, pero Alejandra no lo sabía y, temiendo que pudieran arrestar a su madre, se asomó al living justo cuando Lauriani se estaba yendo. La alcanzó a ver.

– ¡Esta es la señorita que buscamos!, exclamó el agente.

Entonces allanó la casa y encontró a Beatriz.

– ¿Y esta rucia suelta quién es?

– Es compañera de Universidad, estábamos estudiando.

Lauriani se esforzó en corroborar que le estaban diciendo la verdad, exigiéndole a Beatriz que le diera un número de teléfono para verificar la información. La joven alumna de Agronomía le dio el de sus padres. Al otro lado de la línea, ellos le dijeron al agente que la niña se encontraba preparando un examen donde una amiga. Esa noche, Bataszew se salvó.

Holzapfel, en cambio, quedó detenida por la delación de Humberto Menantaux, uno de los integrante del Comité Central del MIR que había caído en las garras de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) en noviembre de ese año y que fue asesinado en 1975 después de haber sido obligado a entregar toda la información que poseía y a dar, junto a otros tres integrantes de la organización, una conferencia de prensa en que llamó a sus compañeros a deponer las armas tras leer la nómina de muertos del MIR. Hoy figura en la lista de desaparecidos.

ESE MUERTO NO LO CARGO YO


– “Le traigo a la niña a las 8.30. Le vamos a hacer un par de preguntitas nomás. Téngale desayuno”, vociferó Lauriani antes de partir.

La mamá de Alejandra no volvió a dormir. Preparó la mesa confiada en la palabra del militar.

Afuera de su hogar en Valentín Letelier, a pasos de La Moneda, Holzapfel fue subida, con los ojos vendados, a un vehículo conducido por Basclay Zapata. Cerca de las seis de la madrugada, sus captores la ingresaron a Villa Grimaldi, en medio de murmullos, y llamaron a dos mujeres de la DINA, que precedieron a escudriñarla en búsqueda de algún texto secreto o microfilme. Tras tocarle hasta la vagina, la dejaron sentada con los ojos aún cubiertos.

Entonces oyó una voz.

– ¿Quién eres?

Sin saber quién preguntaba, decidió responder:

– Soy Alejandra Holzapfel.

– ¡Coneja, estás acá!

En ese minuto, reconoció la voz de Laura Ramsay y luego, cuando se deslizó la venda, pudo ver a Carmen Bueno.

A las ocho de la mañana Lauriani le hizo una breve visita.

– Que se levante inmediatamente la que está sin la venda.

– Soy yo-, respondió Alejandra.

Lauriani había hecho uso varias veces de la misma táctica para burlarse de las recién detenidas. Se acercó a Alejandra y la abofeteó tan fuerte que ella cayó al suelo.

– ¡Te dije que no te sacaras la venda! ¡Aprende a obedecer, huevona!

Alejandra recuerda que aún no se le había quitado el ardor en la cara cuando comenzó a sonar una cumbia: “A ese muerto no lo cargo yo, que lo cargue el que lo mató”.

En ese minuto, la llevaron a otro cuarto, la desnudaron, la mojaron y le aplicaron electricidad sobre un catre metálico. Le pidieron nombres de otros dirigentes del MIR. “Tarde o temprano todos hablan”, le aseguraron. Ella calló. Luego, Osvaldo Romo, viéndola débil por la tortura, se bajó el pantalón y la violó por primera vez. Ella siguió en silencio.

– ¿Tu chapa es Mauro?

– No.

– ¿Quién es Mauro?

– No sé.

– ¿Qué sabes?

– Nada.

Los torturadores se pusieron a hacer comentarios sobre el calor de diciembre y lo lindas que eran las comunistas recién llegadas. La volvieron a poner sobre la parrilla y el Guatón Romo la violó otra vez.

– ¿Tu chapa es Mauro?

– No.

El mismo ritual se repitió por cinco días.

“Sentí que mi dignidad dependía de no hablar, por lo mismo me costó mucho perdonar a quienes se quebraron. Con los años, he aprendido que existen distintos tipos de delación, que es diferente quien se vuelve colaborador a quien, ante una situación que no puede soportar, delata. Hoy si ponen frente a mí a uno de mis nietos, tal vez entrego todo lo que sé. Uno de verdad no sabe qué puede o no aguantar. A mí me hicieron cosas terribles, y callé, pero he conocido a gente maravillosa que entregó a un compañero que es detenido desaparecido y sufre hasta hoy por eso”.

LA BESTIALIDAD DE VENDA SEXY


El 16 de diciembre de 1974, luego de cinco días en Villa Grimaldi, Holzapfel fue trasladada a un casa de dos pisos en calle Irán 3037, en Macul. Allí se reencontró con Beatriz, maltrecha y herida. Bataszew había caído el 12 de diciembre, un día después que Alejandra, interceptada en un fallido encuentro con otro militante, Mario Peña, y fue llevada de inmediato a Venda Sexy. La fantasía de burlar a la DINA sólo fue eso: una ilusión. Su novio, Dagoberto San Martín, también perseguido, fue cazado por la represión el 17 de diciembre. Hasta hoy se desconoce su paradero.

Alejandra intuyó, al ver a Beatriz, que le esperaban otros espantos. La residencia estaba llena de miristas, algunos con heridas visibles y la mayoría en extremo delgados.

“Estaba también Laura Ramsay, que había sido sacada hace unos días de Villa Grimaldi. Me extrañó no ver a Carmen Bueno, porque no había vuelto a saber de ella. Después me enteré que ella, que era cineasta, fue asesinada bajo el cargo de haberle regalado una mascota a Miguel Enríquez”.

La cumbia que atormentaba a Alejandra en Villa Grimaldi, fue reemplazada en la Discoteque por música anglo que sonaba durante todo el día para esconder los gritos de quienes eran torturados en el subterráneo. Quienes llegaron ahí fueron vulnerados sexualmente de forma continúa. La brutalidad llegó al extremo de que la mayor de Carabineros Ingrid Olderock entrenó a un pastor alemán ovejero, a quien llamó “Volodia”, para violar a los prisioneros.

– Contra todo lo que se pueda creer ella le había enseñado a violar. Estaba completamente amaestrado por ella, que le daba las órdenes.

¿Es cierta la historia del “perro Volodia”?

-Es cierta, a mí me tocó ser violada así, con ese animal, por eso te lo puedo decir. Es una de las historias más terribles y dolorosas que yo sólo he podido enfrentar hace muy pocos años. Por mucho tiempo no pude sacarlo, me daba una vergüenza terrible.

Ingrid dirigía al animal, mientras los otros torturadores obligaban a los detenidos a adoptar posiciones que facilitaran el abuso. Hombres y mujeres que pasaron por Venda Sexy fueron víctimas de esta atrocidad. Nadie hablaba del tema en la casona, pero tras las sesiones de tortura, las compañeras recibían a sus amigas con más ternura que de costumbre y las acurrucaban para que durmieran un rato. Con los días, se dieron cuenta de que quienes estaban a cargo del centro de detención disminuían las violaciones cuando las prisioneras estaban menstruando, así es que idearon un plan: Las que estaban con el periodo o con una herida sangrante dejaban un paño manchado en el baño, así la que ingresaba se lo ponía. La estrategia irritó a los agentes:

– ¡Otra vez están todas estas huevonas con la regla, hasta cuándo!, se quejaba el general en retiro, Raúl Iturriaga Neumann, que actualmente cumple condena en Punta Peuco.

La resistencia consistía en eso: en no rendirse en medio de la miseria.

“Uno pierde noción del tiempo con la tortura, del día de la noche, de si comíamos o no. Recuerdo que una vez comí una sopa de huesos de pollo y que otra vez nos dieron lentejas con caca y una compañera dijo fuerte: ‘Nos están dando lentejas con caca. Nos las vamos a comer igual, pero ni crean que no lo sabemos’. Era una forma de hacerles saber que no nos estaban engañando. El Venda Sexy fue terrible. Varios compañeros desaparecieron desde ahí también”.

De la Discoteque, Alejandra pasó a Cuatro Álamos, recinto que los militares usaban para que a los detenidos se les borraran las huellas visibles de la tortura. “Desde ahí también desaparecieron gente, pero las condiciones eran menos duras: tuvimos acceso a duchas, por ejemplo”.

Luego de unas semanas, fue llevada a Tres Álamos, donde Nieves Ayrees, quien también había sufrido todos los horrores del aparato represivo pinochetista, le dio un sentido al dolor.

– Había un grupo de detenidas que daba como la bienvenida. Me encuentro con Nieves Ayrees, que es hermana de la Rosita, mi actual socia en la productora, y dice “Oh, la Holzapfel, ¡chiquillas, llegó otra del Liceo 1” y empiezan a cantar, “Eleceí, ceí, ceí”. Y yo pienso “qué está pasando aquí, están todas las locas”. Después entendí la importancia del temple de esas mujeres. Nieves vive ahora en Nueva York, y estoy demasiado agradecida de ella, porque con ella al lado uno no puede caerse. En Cuatro Álamos me llevó a su celda. La llamó “la cueva mágica”, hacía dibujos, siempre nos dibujaba sonriendo. Nos obligaba a conversar sobre lo que nos había pasado. “Ah, a ti también te violaron”. Al final, era raro porque ella lo entendía todo. Y nos hacía hacer obras de teatro, sociabilizar el dolor. Yo, que me sentía sucia, logré ver que a todas nos pasaba eso. Estoy convencida de que ella me enseñó a sobrevivir.

Estando en Tres Álamos, Holzapfel pudo recibir visitas. Su primer encuentro fue con su madre, a quien no había visto en tres meses.

– Mamá, necesito que me traigas antibióticos. Es muy importante.

– ¿Estás enferma?

– Es que…me violaron.

Al escuchar por vez primera esta confesión, su madre se puso pálida, pero entre gemidos, le aseguró a su pequeña de 19 años que todo estaría bien porque que estaban vivas y eso era lo único importante. También le comunicó que pronto podría partir al exilio en Alemania y terminar sus estudios de veterinaria, profesión que, tras las aberraciones sexuales que le infringió Olderock con el perro Volodia, Alejandra nunca más quiso ejercer:

– Debes seguir tus estudios de veterinaria.

– No quiero.

– Ale, debes hacerlo. Es lo que amas y te faltan dos años nomás.

Alejandra la miró sin sacar la voz. Ahora odiaba el contacto con los animales, pero no se atrevió a decírselo. ¿Qué podría haberle dicho sobre lo que vivió en Venda Sexy si no quería ni siquiera recordarlo?

El EXILIO


A mediados de 1975, Alejandra fue enviada a la RDA. El arribo fue difícil. Eran tiempos de sospechas. No hablaba el idioma y Berlín estaba lleno de militantes del PC y el PS. Ella era del MIR y el rumor era que los militantes del MIR eran agentes de la CIA que habían propiciado el Golpe.

“Fue súper doloroso. Llegó un momento en que le dije al alemán a cargo que me mandara de vuelta a Tres Álamos. El tipo se espantó y al día siguiente aclaró la situación con todos los chilenos y les dijo ‘Alejandra es una persona de confianza, entonces ella puede hacer lo que quiera’. Ese fue el espaldarazo que necesitaba. Ahí me enviaron a vivir a Potsdam”.

En Potsdam, Holzapfel llegó al edificio en el residían Ángela Jeria -viuda del general Alberto Bachelet- y su hija Michelle. Por más de un año fue vecina de piso de ambas. Ángela la acogió y la acompañó. Fue la dulzura que Alejandra requería para recuperarse y una de las personas que la instó a aceptar los cortejos de Pepe Fuica, con quien se casó y a quien abandonó en 1979 luego de que él frustrara su plan de regresar a combatir al país.

– Me metí en la política de retorno del MIR y él consideraba que era un suicidio. Quise volver el ’79, me estaba preparando para eso, y él fue al consulado de Chile a entregar esta información para impedir que yo retornara.

Alejandra no pudo soportar la traición. Falsificó los pasaportes de sus hijos, con ayuda de una amiga alemana, y huyó con ellos desde Leipzig, donde estaba residiendo desde que había contraído matrimonio. Tomó el tren y llegó hasta la casa de Carlos Liberona en Frankfurt, quien la derivó con Cristián Schmidt, quien sólo le pidió, a cambio de estar en su hogar seis meses con los niños, que le enseñara a manejar.

Recién en 1987, pudo volver con sus hijos al país. Fuica, en tanto, murió en un accidente de tránsito en Alemania sin haber logrado el perdón de Alejandra.

Cuando Holzapfel llegó a Chile comenzó a colaborar con la justicia en los procesos contra quienes la violentaron estando en prisión. Se ha careado con Basclay Zapata, Miguel Krassnoff Martchenko, Lauriani Maturana y Osvaldo Romo.

Ninguno, nunca, le ha pedido perdón.

– Lauriani quiso darme lástima. ‘Tengo familia’, me dijo. Krassnoff fue más prepotente. El guatón Romo se hizo pipí, literalmente. Olderock no pasó un día en la cárcel. Murió en libertad, pero por azar un día, creo que el 88 o el 89, entró a comprar a un minimarket que yo tenía en Valentín Letelier. Afortunadamente no estaba sola y pude echarla y decirle lo que pensaba. Es sanador decirle a alguien ‘aquí estoy, aunque me hiciste esto o lo otro’. Aún así, tengo una gran frustración de saber que los torturadores no reciben el castigo merecido por cada persona a la que hicieron sufrir, que hay que acumular condenas para que pasen tiempo en la cárcel y sobre todo me duele no saber qué pasó con los compañeros que están detenidos desaparecidos. Que aún hoy, a cuarenta años, nos nieguen la verdad es una nueva forma de torturarnos.

Pese a todo, Alejandra sabe que le dobló la mano a la dictadura. Hoy tiene un par de nietos “maravillosos, preciosos y todos los adjetivos lindos que se te puedan ocurrir” y la dignidad, que la DINA trató de quebrantar, intacta.

– Aquí instalaron una política de destrucción de nosotros como seres humanos, y aún así no pudieron conseguirlo. Entonces, cuando somos capaces de reír, de disfrutar la vida, demostramos que no pudieron destruirnos. Pasamos atrocidades, pero somos capaces de ser felices porque somos personas dignas. Nuestros torturadores, no.
 

Marwan

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Y la coneja vivira ahora en mozambique, angola o cuba?

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y muchos de ahi eran weones abc1 picaos a vanguardia revolushionaria...
como le meten el pico al pueblo , estos señoritos y los fachos :nonono:
 

KbzonCaoticoMaligno

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Son apenas ocho minutos y, sin embargo, el documental es un extracto exquisito de la vida de los chilenos exiliados en la RDA en la segunda mitad de los setenta. El casamiento de una pareja de refugiados en Alemania Oriental. Solamente dos locaciones: el Registro Civil de Postdam y la fiesta en un pequeño departamento del barrio de Babelsberg. Entre los invitados, Michelle Bachelet, de 26 años, junto a Jorge Dávalos, de 31. Casi cuarenta años después de la filmación, la película llegó a Chile por dos caminos insólitos. Eine chilenische Hochzeit (Un matrimonio chileno, 1977), del alemán Rainer Ackermann y el búlgaro Valentin Milanow, comienza así:

—Ahora estoy dispuesta a recibir el sí de parte de ustedes. Antes, quisiera subrayar que con su aprobación y mi firma, su matrimonio adquiere validez legal. Les pido levantarse, señala una circunspecta oficial alemana del Registro Civil.

Los novios se ponen de pie. Las imágenes son en blanco y negro.

—Señor José Fuica, ¿desea usted contraer matrimonio con la señorita Alejandra Holzapfel? De ser así, conteste “sí”.

—Ja, confirma en alemán Pepe Fuica, chileno, militante socialista, que había conocido a su mujer en la RDA.

—Señorita Alejandra Holzapfel, ¿desea usted contraer matrimonio con el señor José Fuica? De ser así, conteste “sí”.

—Ja–, asienta también Alejandra, conocida entre los chilenos exiliados como Coneja.



Hija de un diputado radical muerto en 1969, la novia se ve bonita y contenta. En Chile, sin embargo, había vivido una época de terror. Militante del MIR en la clandestinidad, la estudiante de Veterinaria a fines de 1974 había sido detenida por la Dina. Durante tres meses fue víctima de torturas atroces en Villa Grimaldi, la Venda Sexy y Tres y Cuatro Alamos. Su historia aparece en Ingrid Olderock. La mujer de los perros, de la periodista Nancy Guzmán, una investigación sobre la integrante de la Dina que utilizaba animales para violentar sexualmente a las víctimas.

Pero en el Registro Civil de Postdam se vive una jornada de felicidad y la funcionaria alemana finalmente sella el acuerdo nupcial: “Como símbolo visible de su unión, tienen ustedes ahora la oportunidad de intercambiar argollas”. El silencio estricto de la ceremonia se rompe de repente con el sonido de una pieza solemne interpretada en la misma sala por un pianista, un violinista y un chelista vestidos elegantemente.



El ambiente del departamento es otra cosa: la argentina Liliana Althube, funcionaria de la embajada de Argentina en Berlín y emparejada con chileno, anima el festejo con guitarra y canciones latinoamericanas. Interpreta Mire mi amigo del uruguayo Alfredo Zitarrosa: “Mire mi amigo no venga con esas cosas de las cuestiones. Yo no le entiendo mucho…”.

La vivienda decorada con afiches de Salvador Allende pertenece a la novia. De acuerdo a algunos chilenos que compartieron el exilio con Alejandra, estaba ubicado en el mismo block de departamentos de Postdam donde vivieron Bachelet y su madre, Angela Jeria, cuando llegaron a la RDA desde Australia en la primera mitad de 1975. Las tres mujeres eran vecinas y en estas residencias proporcionadas por el gobierno alemán compartieron los dolores de esta primera etapa del destierro. Un pequeño living-comedor, una cocina angosta y un baño que, como se estila en Alemania, tenía el W.C. en un espacio diferente a la ducha. En el caso de las personas solas, un dormitorio.

La torta del matrimonio está adornada con una rosa. Algunas botellas y canapés distribuidos en platitos. La novia lanza su ramo a un grupo de apenas seis solteras en un espacio estrecho. En el documental del matrimonio Fuica- Holzapfel se advierte un ambiente festivo y familiar, aunque la veintena de invitados son solamente amigos del exilio: los parientes de los novios se encuentran en Chile, bastante lejos. Entre los asistentes se hallaban militantes de las Juventudes Comunistas (uno conocido como El estuche), de la Juventud Socialista (como la propia Bachelet), del MAPU (como uno al que llamaban El merluza) y un solo representante radical (el único de la fiesta que lleva corbata). Algunos niños chilenos y un puñado de alemanes, que parecen disfrutar como nadie la celebración.



Comienza el baile y suena Pobre caminante de un tocadiscos. Entre los invitados que se animan a salir a la pequeña pista se encuentra Carlos Puccio, hermano del ex ministro socialista Osvaldo Puccio, jovencísimo junto a su señora Marisol Guerra. Sentados en el living, el economista del PS Sergio Arancibia y Margarita Luque, esposa de Exequiel Ponce. Miembro de la Comisión Política del Partido Socialista, había sido detenido en Chile el 25 de junio de 1975 y no se conocía su paradero. La mujer está acompañada de una niña, aparentemente de su hija Tania. En una escena entrañable, los documentalistas entrevistan a la señora Ponce y la pequeña le ayuda con el alemán. La mayoría de las ocasiones, los menores aprendían el idioma antes que sus padres.

Este era el mundo en la RDA de 1977 en el que se desenvolvía socialmente Michelle Bachelet, que observa la escena del baile desde una esquina junto a dos amigos: estaba embarazada de su primer hijo, Sebastián, que iba a nacer en Leipzig el 1 de junio de 1978. En la época en que mejoraba su alemán y retomaba sus estudios de Medicina suspendidos en Chile, lleva el pelo largo, gafas grandes y usa un vestido de seda hindú. La actual Presidenta utilizó un atuendo similar para su matrimonio con Dávalos, en diciembre de 1977, según se observa en las fotografías familiares. De acuerdo al libro Michelle, de Elizabeth Subercaseaux y Malú Sierra, lo había comprado durante un reciente paso por Fiji.

El tocadiscos queda en silencio. Se acaba Pobre caminante y empieza el discurso.

—Como el vino es poco, el que no baila no toma, dice en medio de la pista un socialista dicharachero. Los invitados y los novios comienzan a darle un sorbito a la única botella que pasa de mano en mano. Abrazados y dando pasitos de un lado a otro, cantan todos juntos: “Tómese esa copa, esa copa de vino. Tómese esa copa, esa copa de vino. Ya se la tomó, ya se la tomó. Y ahora le toca al vecino”.

Milanow, el realizador búlgaro, entrevista a los recién casados. Alejandra, en perfecto alemán que había aprendido en el colegio en Chile, dice que quiere continuar con sus estudios de Veterinaria y que Pepe, su flamante esposo, pretende ser profesor de marxismo leninismo. Sueñan con radicarse en Mozambique, Angola o Cuba.

Bachelet aparece en dos escenas de Un matrimonio chileno. En una segunda ocasión se le ve sentada junto a Dávalos y al resto de invitados, cuando aparentemente la fiesta se ha detenido y los chilenos exiliados cantan canciones como Gracias a la vida de Violeta Parra. En la fecha de este matrimonio, Bachelet realiza reservadas labores políticas desde la RDA y todavía no sabe que faltaría cerca de un año para poder regresar a Chile en febrero de 1979.



Pasaron algunas décadas antes de que el documental aterrizara en Chile. Isabel Mardones tiene a su cargo la cinemateca del Goethe Institut y es coautora de una magnífica investigación sobre las relaciones de las dos Alemania con el cine chileno: Señales contra el olvido. Cine chileno recobrado (Cuarto Propio 2012). Gracias a sus gestiones, en 2013 llegó a Chile la historiadora de cine y realizadora de la Universidad de Southampton, Claudia Sandberg. La investigadora alemana visitó Santiago y dictó un seminario para los alumnos de la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), con largos y cortos sobre el exilio chileno en la RDA producidos por Compañía Cinematográfica Estatal de Alemania Oriental (DEFA). Entre las cintas que mostró a un grupo de estudiantes y algunos profesores se hallaba Eine chilenische Hochzeit. Recién entonces y gracias a la confirmación de las profesoras Bárbara Fuentes y Paz Montenegro se pudieron percatar de la presencia de la Presidenta Bachelet entre los invitados.

Pero el documental siguió una ruta paralela. La novia, Alejandra Holzapfel, por mucho tiempo intentó recuperar la cinta de su casamiento. El búlgaro Milanow, un joven pasante en los estudios de la DEFA, a fines de los setenta le había regalado una copia. Eine chilenische Hochzeit, sin embargo, quedó guardado por años en el sótano de un departamento en Leipzig, la ciudad a donde la chilena se trasladó junto a su marido Pepe. Retornada a Chile en 1987, donde se dedicó a la gestión cultural, recién hace unos meses logró tener el filme nuevamente en sus manos: una persona que vivía en la vivienda de la antigua Alemania Oriental se lo trajo de regalo. Holzapfel nunca se enteró de que en 2013 un grupo de estudiantes y profesores de la UAI habían visto la proyección de su casamiento.

Los asistentes a la boda consultados no recordaban la existencia del filme. Unos se excusaron de ayudar en la reconstrucción del festejo, por tratarse de un período doloroso que prefieren no rememorar, y algunos observaron el corto con la nostalgia de reconocerse a ellos mismos y a los amigos en una época que ahora parece tan lejana. Holzapfel pretende, en algún momento, juntarlos a todos para proyectarlo.

Pero las vidas de unos y otros, reunidas en los ocho minutos de Eine chilenische Hochzeit, siguieron rutas distintas e inesperadas.

Alejandra y Pepe tuvieron hijos y se separaron en 1979. Holzapfel lo abandonó y se radicó con los niños en Frankfurt: nunca le pudo perdonar que, cuando ella pretendía regresar a Chile para luchar contra la dictadura, Fuica la denunciara ante el consulado para impedir el viaje, de acuerdo a una entrevista que la gestora cultural concedió a The Clinic en 2013. El finalmente logró estudiar marxismo leninismo como deseaba, pero murió en Alemania en un accidente de tránsito.

Carlos Puccio, que bailaba animado junto a Marisol, se transformó en director de cine. En 1994 estrenó Aquí, donde yo vivo, un documental que relata el drama de los hijos de los exiliados que volvieron a Chile en los años noventa. Falleció hace menos de un año, luego de una larga enfermedad.



Margarita Luque, que también retornó, murió en junio de 2008. Nunca pudo encontrar los restos de su marido, Exequiel Ponce, que hasta la actualidad conforma la lista de detenidos desaparecidos. Su hija Tania se transformó en traductora.

Y Michelle Bachelet.



La invitada que usaba gafas grandes y vestido hindú, en 2006 llegó a ser la primera mujer Presidenta de Chile. A punto de cumplir 64 años y abuela de dos nietos, hijos de Sebastián, al que esperaba en ese casamiento olvidado, hace diecisiete meses está nuevamente en La Moneda en su segunda administración.


“El tema Chile era algo que preocupaba al Estado de Alemania Oriental”, explica Isabel Mardones, encargada de la Cinemateca del Goethe-Institut Chile.
De acuerdo al crítico de cine Ascanio Cavallo, “a pesar de la distancia idiomática, geográfica y cultural, no existió ningún ambiente fílmico que dedicara tanta atención al exilio chileno como el de la RDA”. “Le permitía confirmar su superioridad moral sobre Alemania Federal y la necesidad de establecer barreras como el Muro contra las agresiones”, señala el periodista.
La académica alemana Claudia Sandberg, que trabaja en un largometraje documental sobre las películas chilenas de la DEFA, dice que en el corto Eine chilenische Hochzeit (1977), “se muestran los anhelos, las incertidumbres, la desesperación y la esperanza”.
El cineasta Rainer Ackermann, uno de los guionistas, ratifica el interés de la DEFA por retratar la vida cotidiana de este grupo de refugiados: “El exilio chileno tenía toda nuestra simpatía”. Desde Alemania se declara sorprendido: hasta ahora no sabía que Michelle Bachelet estaba entre las invitadas a ese matrimonio.http://www.caras.cl/sociedad/fragmentos-de-la-vida-de-bachelet-en-la-rda-un-casamiento-olvidado/
Bueno, mientras antrofachos y whiskierdos sigan peleando por unas mierdas rancias y no se den cuenta que quienes suelen defender con dientes y uñas los usan como ratas y para su beneficio, en lugar de unirse y exterminarlos, seguira este orden y la misma rencilla rancia...:hands:

Si la gente normal supiera realmente su poder y valia en el orden y se supieran lo valioso que son no existira posibilidad de que retomaran nunca el poder la gente que juega
 

nathan_

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Primavera de 1976: Alejandra Holzapfel Picarte (21) entra corriendo -los puños apretados, la respiración entrecortada, los ojos enrojecidos- a su departamento en el block Karl Marx 34 en Potsdam, Alemania, donde vive su exilio desde 1975. Casi rompe su polera y pantalón mientras, llorando, se desnuda. Tropieza al empujar la puerta del baño y, aún sin recuperar el equilibrio, entra a la ducha y abre la llave del agua. Toma una esponja y comienza a refregarse el cuerpo con tanta vehemencia que se le irrita la piel, pero sigue tratando de quitarse la suciedad imaginaria. De golpe, llegan los recuerdos: ella vendada, sin ropa, sobre un camastro, violada por Osvaldo Romo; ella en el suelo, sujetada por agentes de la DINA, mientras una mayor de carabineros dirige a un perro amaestrado para ultrajarla. Sale a su dormitorio, aún estilando, cubierta sólo por una toalla. Se sienta en la cama frente a un espejo y se observa.
:yaoming:
 

VieJoeLosCHoCLo

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Verdaderamente todo lo que está pasando en el país es una mierda, la gente de a píe dividida y polarizada con todo el odio incrustado por las altas cúpulas, mientras los mismos weones se cagan de la risa con un wiscacho en la mano, mirando desde el olimpo.
 

lapolillaverde

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Verdaderamente todo lo que está pasando en el país es una mierda, la gente de a píe dividida y polarizada con todo el odio incrustado por las altas cúpulas, mientras los mismos weones se cagan de la risa con un wiscacho en la mano, mirando desde el olimpo.
al weonismo que esta en la cupula le interesa que la gente este polarizada y pensando en extremos duros , ser facho de pobla o zurdo de la dehesa , no les importa realmente ..la wea es perpetuarse en el poder sin que la gente piense mucho , la idea es mntener al pueblo estupido con futbol o teleseries turcas ...o simplemnte sacar a los muertos en un baile anual para recordar weas rancias de hace mas de 30 años que a ningun pendejo de 20 le importan.

este pais seguira adormecido en regueton y potos en la tele .... y en los diarios, la basura mediatica que los dueños y patrones de fundo digan que se puede y que no se puede divulgar , mantendran titulares del colo y la u pa que que los lalos y bertas esten contentos en sus miserables vidas ....mientras ......el segmento acb1 seguira comiendo huevas de esturion :hands:


dito para decir : que la conchesumadre ni joven era comestible
 
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GooseMan

Huevon sin Vida
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Puta que deben estar cagados de la risa los políticos... a estos weones le sirve que el país mantenga sus heridas del pasado, sus rencores y divisiones... así es más fácil manipular a las masas... :hands:



:sm:
 
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