Syd02
The Resistance / Corresponsal La Cuarta
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En la comuna de Máfil (vaya a saber dónde queda ese pueblucho) quedó demostrado que la creatividad del aparato público no conoce límites. Mientras algunos ingenuos creen que las radiopatrullas están para combatir la delincuencia, una cabo de Carabineros decidió explorar usos alternativos del recurso fiscal y transformó el vehículo policial en un simpático UBER Eats, pero con sirena incorporada. Total, si el Estado paga la bencina, ¿por qué no aprovechar el viaje para abastecer la despensa y refrescar las gargantas?
La misión parecía digna de una operación encubierta: ropa de civil, llegada discreta al negocio y una lista de compras que partía con alimentos, higiene femenina y terminaba con un pisco de 750 cc y una bolsa de hielo. Una logística impecable para una noche de franco bajo los efectos del maldito licor. El único detalle que nadie contempló fue la existencia del ciudadano chileno promedio, esa criatura que puede ignorar un asalto a plena luz del día, pero detecta una irregularidad a tres kilómetros de distancia y la graba en 4K.
Cuando Carabineros abrió el sumario buscando explicaciones, la historia regaló un último giro de comedia negra. No encontraron el pisco, no encontraron el hielo, probablemente porque fueron despachados con premura en el hígado de la cabo, pero descubrieron algo mejor: la conductora ni siquiera tenía la licencia obligatoria clase F para manejar la radiopatrulla. Así terminó una carrera de más de seis años, no por una persecución cinematográfica ni por desbaratar una banda criminal, sino por una expedición alcohólico-comercial que convirtió una patrulla policial en el delivery más caro y breve de la Región de Los Ríos. Un final que confirma que, en Chile, la realidad sigue siendo el principal enemigo de los guionistas de comedia.
Fuente: Times New Roman
La misión parecía digna de una operación encubierta: ropa de civil, llegada discreta al negocio y una lista de compras que partía con alimentos, higiene femenina y terminaba con un pisco de 750 cc y una bolsa de hielo. Una logística impecable para una noche de franco bajo los efectos del maldito licor. El único detalle que nadie contempló fue la existencia del ciudadano chileno promedio, esa criatura que puede ignorar un asalto a plena luz del día, pero detecta una irregularidad a tres kilómetros de distancia y la graba en 4K.
Cuando Carabineros abrió el sumario buscando explicaciones, la historia regaló un último giro de comedia negra. No encontraron el pisco, no encontraron el hielo, probablemente porque fueron despachados con premura en el hígado de la cabo, pero descubrieron algo mejor: la conductora ni siquiera tenía la licencia obligatoria clase F para manejar la radiopatrulla. Así terminó una carrera de más de seis años, no por una persecución cinematográfica ni por desbaratar una banda criminal, sino por una expedición alcohólico-comercial que convirtió una patrulla policial en el delivery más caro y breve de la Región de Los Ríos. Un final que confirma que, en Chile, la realidad sigue siendo el principal enemigo de los guionistas de comedia.
Fuente: Times New Roman
Mi primera chamba






