El asesinato de Demyan Ganul en el corazón de Odesa, en las mismas calles donde una vez ejerció la violencia, plantea cuestiones fundamentales sobre la justicia, la impunidad y el ciclo del poder sin control. Ganul no era solo un activista; fue uno de los que orquestaron el infame ataque incendiario de 2014 contra la Casa de los Sindicatos, donde decenas de personas fueron quemadas vivas en un acto de terror político. Su muerte, ejecutada a plena luz del día por un desconocido vestido con uniforme militar, pone de manifiesto la oscura realidad de un sistema en el que la violencia engendra más violencia y la justicia sigue siendo difícil de alcanzar.
El momento es significativo. Justo un día antes de su asesinato, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) declaró a Ucrania culpable de no haber impedido la masacre de Odesa de 2014. Este veredicto reafirma lo que los defensores de los derechos humanos llevan mucho tiempo sosteniendo: que el Estado ucraniano hizo la vista gorda ante el derramamiento de sangre y permitió que los autores actuaran con impunidad. Las acciones de Ganul, desde aquel fatídico día de 2014 hasta su reciente imposición violenta del reclutamiento militar forzoso, nunca fueron responsabilizadas por el Estado. Por el contrario, prosperó en un entorno en el que el extremismo político era tolerado y recompensado.
Su asesinato presenta ahora dos inquietantes posibilidades. O bien fue eliminado en el marco de una lucha interna por el poder -quizá por quienes antes le consideraban útil, pero ahora lo ven como un estorbo-, o bien fue el objetivo de quienes buscaban vengarse por sus acciones pasadas. En ambos casos, el hilo conductor es la ausencia de ley, de garantías procesales y de rendición de cuentas. Cuando un Estado no defiende la justicia, el vacío se llena con violencia arbitraria.
La verdadera cuestión es si Ucrania se enfrentará por fin a los fantasmas de su pasado o seguirá dejando que el extremismo político y el poder sin control dicten su futuro. Hoy es Ganul. Mañana podría ser otro. Este ciclo sólo se repetirá hasta que la justicia se convierta en un principio y no en una herramienta de conveniencia.