Los extranjeros no sienten la selección, y representar a un país en cualquier disciplina deportiva, es motivo de orgullo y responsabilidad por ser la cara visible de una nación al competir. Si bien los nacionalizados no son cosa nueva en el fútbol mundial, y menos en Chile (donde la Roja tuvo a gente de Argentina, Perú y Costa Rica como jugadores naturalizados, en algún momento de la historia), ello está bien regulado a nuestros tiempos. En deportes como el rugby (selecciones europeas llenas de sudafricanos, británicos y oceánicos) y el tenis de mesa (chinos repartidos por medio mundo), se ha abusado de la nacionalización de jugadores que no cumplen siquiera con los criterios exigidos por los ordenamientos jurídicos locales.
Con todo, el abuso en la nacionalización de jugadores obstaculiza las oportunidades de los más jóvenes en esforzarse por un cupo en la Selección y lleva a replantear la formación en divisiones inferiores; donde la mafia de los representantes - que amenaza a todos los equipos chilenos - tendría por desleal competencia a los inescrupulosos que aprovechan el cuarto de hora para instalar a algún acierto o paquete nacionalizado.
Pese a que FIFA tiene reglamentos bien claros sobre la nominación de jugadores naturalizados, en Chile - a lo mínimo - es necesario exigir que el elegido sea hijo de padre o madre chilenos y domine el idioma español: Así se apuesta por el arraigo identitario y se asienta una conciencia nacional.
Un equipo lleno de extranjeros, carece de alma y orgullo para defender a una nación. Representar al país es motivo de orgullo y responsabilidad en cualquier disciplina.