Aeers ,dijo Sedini, el crimen del martes no fue obra de un desconocido para el Estado, sino de alguien que el sistema detectó en 4 ocasiones y nunca intervino. La reacción política siguió el libreto habitual: endurecer las penas. El presidente pidió prisión perpetua y el ministro de seguridad sugirió bajar la edad de responsabilidad penal. Aunque comprensible, esta respuesta llega tarde y no evita que el problema se repita.
Un estudio de Ana Ayzer y Joseph Doyle con más de 30,000 jóvenes en EE. UU. mostró que encarcelar adolescentes no los disuade, los agrava. Terminan menos la secundaria y tienen un 60% más de probabilidades de llegar a cárceles de adultos. Evidenciando que el encierro no corta la carrera delictiva, la refuerza.
En cambio, programas de intervención conductual sí funcionan: en Chicago redujeron arrestos violentos en 40%, y en Washington la reincidencia bajó un 10%. El dilema no es castigar o no, sino si se interviene con evidencia o se limita todo a encerrar. En Chile, cada ingreso previo del joven fue una oportunidad perdida. Por eso, discutir solo cuántos años de cárcel aplicar es mirar el final y saltarse el principio del libro.