ponle atención a esta epopeya del fracaso, porque ni a un guionista de televisión en ácido se le ocurre una estupidez de este calibre. Sin meter al chancho culiao de Hitman en el baile, que con suerte sabe abrocharse los zapatos.
Resulta que hace unos años, embriagado por el discurso del "mentalidad de tiburón", me puse con una pyme de logística de última milla. Un nombre rimbombante, oficinas en un subterráneo en Providencia con olor a humedad y dos camionetas Hyundai Porter que debían hasta el alma. Mi socio era un perico que conocí en un asado; el culiao andaba con mocasines sin calcetines, chaleco amarrado al cuello y hablaba de "escalabilidad" y "disrupción". Claro síntoma de que era un chanta de tomo y lomo, pero como uno es weón y tiene hambre, le compré todo el humo.
El plan era perfecto: le repartíamos los paquetes a las grandes tiendas. Todo iba como avión, hasta que mi socio —llamémoslo "Clemente", porque esa raza de cuicos zorrrones siempre tiene nombres de queso fino— me dijo que para "captar capital de riesgo" teníamos que invitar a cenar a la élite de los negocios.
Ahí me di cuenta de la mitomanía sin límites de estos personajes. Nos juntamos en un restaurante de Vitacura donde un vaso de agua vale diez lucas. Llegaron tres cuicos que se autodenominaban "Angel Investors". Estos compadres no trabajaban desde la época de la Colonia, pero hablaban con una autoridad casi mística.
Empezaron a contar sus "historias de esfuerzo". Uno juraba por la Virgen del Carmen que había armado su imperio "desde abajo", omitiendo suavemente que el fundo de 500 hectáreas en el sur se lo regaló el abuelo para el cumpleaños de 18. El otro contaba que en su época de "crisis de liquidez" tuvo que vender una de sus tres parcelas en Zapallar y que "comió fideos dos semanas seguidas" (fideos italianos importados de 12 lucas el paquete, me imagino). Eran unos mitómanos legendarios: hablaban de cómo superaron la recesión del 82 como si hubieran estado en la trinchera de Stalingrado, cuando en verdad la única batalla que dieron fue decidir si compraban acciones de Copec o de CMPC.
Cosa que, entre caviar, vino de reserva y puras mentiras dignas de Pinocho con pitutos, Clemente me convenció de firmar una reestructuración de la sociedad para que estos "ángeles" entraran con capital. Yo, encandilado con el perfume caro y la promesa de terminar viviendo en un penthouse, firmé sin mirar las letras chicas.
¿Qué pasó? Los culiaos no pusieron ni un solo peso.
Lo que hicieron fue traspasar la deuda de una de sus empresas zombi a nuestra Pyme para limpiar sus balances financieros. En tres semanas, la empresa pasó de valer una ilusión a deber 300 millones de pesos en Factop y en Tesorería. Clemente, por su parte, agarró su comisión por la "gestión", se fue a un retreat de yoga a Bali para "reconectar con su ser interior" y me dejó a mí solo dando la cara.
La quiebra fue gloriosa. Me embargaron hasta el hervidor de agua de la oficina. Llegó el receptor judicial a llevarse dos escritorios de trupán inflado y tres sillas giratorias a las que se les salía una rueda. En el comparendo, el abogado de los zorrones (que por supuesto cobraba más por hora que todo mi patrimonio juntas) tuvo la tupida cara de decir que la quiebra fue "un aprendizaje sumamente enriquecedor dentro del ecosistema emprendedor".
Enriquecedor para ellos, que se dedujeron las pérdidas de impuestos, mientras yo quedé en Dicom hasta el año 2045 y comiendo pan con lisa por los siguientes seis meses.
Así me cagaron: la élite cuica se quedó con las deducciones tributarias, mi socio descubrió su "espiritualidad" en Indonesia, y yo terminé contando la historia en un foro para que una manga de vagos desempleados se ría de mi desgracia. ¡Puro éxito empresarial, papá!