Hace unos días me junté con un viejo conocido que trabaja en inteligencia. Apenas lo vi, caché que algo raro traía: estaba inquieto, miraba pa’ todos lados, como si lo fueran siguiendo. Después de un rato de conversación me lanzó, casi susurrando:
—“Oye, lo que te voy a decir no lo sabe casi nadie… pero se viene algo grande contra Venezuela”.
Ahí mismo se me heló la sangre. Me contó que Estados Unidos ya bautizó la operación: “Tormenta del Caribe”. Según él, no se trata de simples amenazas, sino de un plan listo para ejecutar.
Los gringos ya habrían movido portaaviones hacia el Caribe. Están ahí mismo, frente a las costas, disfrazando la presencia con supuestos “ejercicios conjuntos”. La jugada sería atacar en simultáneo puntos neurálgicos: centrales eléctricas, refinerías y hasta redes de telecomunicaciones. Quieren dejar a Caracas a oscuras, incomunicada y con la economía paralizada.
Lo peor es que, según lo que me dijo, hay equipos especiales preparados para entrar de forma encubierta y sabotear directamente la infraestructura. Nada de bombardeos televisados; todo rápido, quirúrgico, para que el gobierno se desmorone desde adentro.
Me confesó que los analistas internos creen que la operación duraría menos de 72 horas y que el golpe sería tan fuerte que provocaría un efecto dominó en Sudamérica: alza brutal del petróleo, mercados colapsando y gobiernos vecinos divididos entre apoyar a Washington o condenarlo.
Lo escuchaba y sentía como si estuviera en una película, pero con la diferencia de que esto podría pasar de verdad. Él me miró fijo y terminó con una frase que me quedó retumbando en la cabeza:
—“Si esto se ejecuta, la región nunca más será la misma”.
Salí de ahí con una mezcla de miedo y adrenalina. No sé si mañana en las noticias todo se va a confirmar, pero si lo que me dijo es cierto… estamos al borde de un terremoto geopolítico sin precedentes.