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Reportaje The Clinic: Primera simia llora dentro de la cana porque no hay dieta soyera

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Este espacio de Santiago 1 se convirtió en uno de los recintos que más imputados recibió en la región Metropolitana por delitos relacionados a las protestas. Al menos 160 personas, la mayoría sin antecedentes delictuales, fueron testigos de la hostilidad de la cárcel y de condiciones de vida aún más precarias que las que denunciaban cuando salieron a las calles en el estallido social de octubre de 2019.

Cristián Briones había llegado a Santiago desde Pichilemu, donde se había tomado unas vacaciones junto a su pareja Teresa Jorquera. El joven había conseguido un “completamente logrado” en su práctica final de la carrera Técnico en Prevención de Riesgos en el DUOC UC. En su regreso a la capital se juntó con sus amigos para ir a patinar, una de sus pasiones, y de paso asistir a una protesta cerca de San Miguel.

Cerca de las 22:00, una voluntaria de una agrupación de Derechos Humanos se comunicó con Teresa Jorquera para avisarle que Briones había sido detenido. Según la denuncia del Ministerio Público, el 23 de octubre, el joven participó de una manifestación en la calle Álvarez de Toledo con Gran Avenida. En el proceso, Briones supuestamente habría lanzado una bomba molotov en contra de la 12° Comisaría de San Miguel, que impactó a un funcionario de la institución y le provocó lesiones leves.

Tras la audiencia de control de detención, el 11º Juzgado de Garantía de Santiago decretó que Briones pisaría la cárcel por primera vez a sus 27 años durante la investigación. El joven fue trasladado al centro penitenciario Santiago 1, donde fue instalado en el módulo 14. Este sector del recinto, habilitado para 180 personas, ha recibido a la mayoría de los imputados por lanzamiento de bombas molotov, saqueos y desórdenes públicos, entre otros delitos, de la Región Metropolitana durante el estallido social.

Según las organizaciones de familiares cercanos a estos presos, como la Coordinadora 18 de Octubre, al menos 160 personas habrían pasado por Santiago 1 desde octubre hasta marzo. Un catastro realizado para este reportaje rastreó a 40 de ellos y pudo comprobar que ninguno tenía antecedentes penales. Gendarmería negó a través de Transparencia entregar el detalle de la cantidad de presos acusados por delitos relacionados al lanzamiento de bombas molotov, desórdenes públicos y saqueos que pasaron por el módulo 14 desde el 18 de octubre hasta marzo.

Cristián Briones fue uno de los primeros que tuvo que adaptarse a la hostilidad de la cárcel. El compañerismo de las protestas había quedado atrás. “En el módulo se formaron dos grupos: los reos comunes y los reos del estallido social. Los que estaban desde antes se creían dueños de todo”, dice Teresa Jorquera, pareja del joven de San Miguel.

David Miño, otro de los presos del estallido que pasó por Santiago 1 confirma esta versión: “nos miraban como si estuviéramos relajados y eso los ponía violentos”. El joven recuerda que “de repente se ponían a jugar y uno no quería participar, y llegaba una manada de los más malos y te pegaban y sacaban a patadas”. Ese ambiente lo viviría el propio Cristián Briones en más de una oportunidad.



“Le han pegado hartas veces. Hubo una oportunidad en que, porque tenía un polerón de marca y los otros lo querían, lo golpearon y se lo quitaron”, relata su pareja. Uno de los momentos más álgidos de Cristián Briones lo viviría tras la llegada de Alejandro Carvajal, joven que se hizo conocido por ser acusado de provocar el incendio de la Universidad Pedro de Valdivia del 8 de noviembre en Providencia.

Como una forma de sobrellevar el encierro, Alejandro Carvajal, de 19 años, utilizó el tiempo que tenía en el patio para escribir. En Santiago 1 se les permite salir al patio entre las 9:00 y las 17:00. En una de esas jornadas, el joven estaba escribiendo una carta para sus familiares, lo que no fue del agrado del resto de reos. “Los presos comunes le gritaron que estaba sapeando”, narra María Gutiérrez, madre de Alejandro Carvajal.

María Gutiérrez cuenta que su hijo le dijo que no supo reaccionar ante la agresividad de los otros reos y que Cristián Briones, al salir en su defensa, se llevó la golpiza por él. El chico, desesperado con la situación, intentó tranquilizar a la turba mientras estos golpeaban a Briones y trató de explicarles que solo estaba escribiendo para su familia.


Alejandro Carvajal, que no conocía los códigos de la cárcel, optó por cuidar más sus acciones. “Yo tengo que ser inteligente, para qué provocar a otros que vengan llegando, porque es como echarle arena al mar, así que voy a escribir dentro de las celdas, no más en el patio”, le dijo Alejandro a su madre.

Teresa Jorquera, la pareja de Briones, recuerda que tardó dos semanas en ver a su pareja desde que fue detenido, y notó lo afectado que estaba aquel día. “Se quiso hacer el fuerte, pero se puso a llorar al tiro apenas nos vio con su mamá”, cuenta. Pese a que ha sido uno de los apoyos más importantes del joven, cree que ni con ella ha comentado todo lo que ha vivido dentro de Santiago 1.

La hostilidad también se traspasó a otros módulos del recinto. Cuando los gendarmes pasaban por las celdas buscando a los reos que debían salir, los presos vaciaban sus bolsillos y trataban de ir solo con la ropa que tenían puesta. Incluso llegaban a cambiársela entre ellos mismos para no mostrar alguna prenda que fuera de marca, según relatan los mismos protagonistas.

La convivencia con los presos comunes no era la única preocupación que tenían. La relación con Gendarmería era un vaivén. David Miño denuncia que vivió un episodio de violencia con un funcionario. “Unos compañeros venían ‘leseando’ y el gendarme gritó: “apúrense malallas culiaos”. Ahí empezó a pegarle al que pasaba y a mí me golpeó fuerte en la cabeza”, recuerda el joven.

A través de la Ley de Transparencia, Gendarmería informó que se inició una investigación desde la Fiscalía Local Centro Norte por la ejecución de un presunto delito en contra de un reo por parte de un funcionario. Sin embargo, ningún sumario fue iniciado por este episodio, ni por ningún otro.

Desde la Fiscalía Local Centro Norte señalan que, según la declaración del preso afectado, este iba caminando por el patio cuando sintió un fuerte impacto por la espalda, sin reconocer al gendarme que le había propinado el golpe. Sin embargo, tras no sufrir lesiones finalmente optó por no realizar la denuncia, y la investigación no prosperó.

Pese al ambiente, Cristián Briones se mostraba optimista y esperanzado al comienzo, incluso le decía a su pareja que esperaba salir en unas semanas. Sin embargo, ni él, ni Alejandro Carvajal, ni David Miño lograron su libertad tan pronto. Es más, decenas de presos del estallido fueron llegando con el paso de las semanas.



Ambiente de guerra
Los presos del estallido social tuvieron que adaptarse a condiciones de vida que ellos mismos describen como “deshumanizantes”, en contraste a las que tenían en sus propias casas.

Desde el 18 de octubre hasta el 31 de marzo, según una solicitud por Ley de Transparencia realizada para este reportaje a Fiscalía Nacional, se decretaron 1.161 prisiones preventivas por delitos relacionados a desórdenes públicos, al lanzamiento de artefactos incendiarios, entre otros. De ese grupo, 1.031 personas fueron procesadas por porte de armas y químicos, mientras que 81 personas fueron imputadas por desórdenes públicos.

Los presos del estallido que fueron llegando a Santiago 1 con el paso de las semanas, como Elías Cruz (27 de noviembre), Diego Ulloa (3 de diciembre) y Nahuel Reyes (22 de diciembre) y Christian Sanhueza (3 de enero) fueron apoyados en el módulo 14 por Alejandro Carvajal y Cristián Briones. A medida que los iban conociendo, les enseñaron sobre lo que habían aprendido, les ofrecieron comida y ropa si la necesitaban.

Tras pasar por un módulo de transición y hacerse chequeos médicos en el Área de Salud (ASA), los reos son colocados en celdas al azar durante su primera noche. Algunos podían caer en una celda recién desocupada, otros llegar a una con tres o cuatro habitantes, pese a que están habilitadas solo para dos personas. Según denuncian los presos, se tuvieron que adaptar a espacios de tres por dos metros, con una litera, un escritorio y un baño, donde podían llegar a vivir hasta cinco reos.

Si tenían suerte, podían ocupar algún colchón viejo y desocupado para dormir las primeras noches. Sino, tenían como opciones que algún compañero les compartiera cama, acostarse en las mismas literas o simplemente dormir en el suelo. Misma situación con las frazadas: los primerizos, como no habían recibido la primera encomienda, debían utilizar lo que fuera quedando de los otros reos o usar su propia ropa para taparse.

“Los primeros días no tenía nada, no tenía frazadas, sábanas, así que ponía una toalla y me abrigaba con una polera”, cuenta Nahuel Reyes sobre las condiciones a las que se enfrentó sus primeros días en la cárcel. “Ya después empecé a tener mis cosas. Es complicado, el primer mes es de pura guerra nomás”.

Coincide Elías Cruz, quien agrega que “la primera noche fue todo un horror ahí adentro, no pude dormir, no me sentía cómodo”. Mientras que Christian Sanhueza afirma que “estay en un lugar que te causa repugnancia, si se puede decir, no quieres estar ahí, pasai frío, son cosas que por lo menos yo no estaba acostumbrado”.

Pese a que podían pedirle a Gendarmería que les facilitara colchones, muchos de los reos reclaman que la ayuda tardaba un tiempo. Christian Sanhueza explica aquella situación: “cuando llegas te tiran a una pieza y después tienes que buscarte otra celda. Ahí te encuentras lo que haya. Si no hay un colchón, cagaste, porque tienes que avisarle a Gendarmería y cuando ellos tengan la disposición llegan, si no, no”.

Los colchones viejos que utilizaban parte de los reos venían con un problema adicional: los chinches. Muchos de los presos del estallido social han reclamado por la cantidad de estos insectos en el interior de las celdas y cómo les dificultaba aún más dormir. Según denuncian, esto les provocaba amanecer con muchas ronchas en su piel. Christian, quien fue detenido junto a su hermano menor Rodrigo, fue uno de ellos y de manera artesanal tuvo que aprender a lidiar con los bichos.

“Para matar los chinches lo que hacíamos era quemar papel, hacíamos casi un incendio en la pieza. Todos ahogados, todos para la cagá”, cuenta Christian Sanhueza acerca de las medidas que tomaban para resolver las malas condiciones de las celdas. “Ahí te das cuenta de que la cárcel es precaria, no mantienen las condiciones mínimas de salubridad dentro de una pieza para que haya gente. Somos presos, pero también somos personas”.

Cuidar de su propia salud también era complicado. La enfermería, cuentan los reos, no se visitaba a menos de que fuera algo de vida o muerte, usualmente para quienes habían sido apuñalados o estaban en condiciones críticas. El mayor temor de los jóvenes del estallido era arriesgarse a ser confundidos con otros presos, ser asaltados por otros reos que estuvieran “probando suerte”, e incluso que les ofrecieran puñaladas.

La electricidad también era un problema que, en algunos casos, debían solucionar por cuenta propia. Ya instalado en una celda junto a su hermano, Christian Sanhueza denuncia que tardó 40 días en tener luz. Mientras que Nahuel Reyes afirma que debió realizar, sin la facilitación de elementos de seguridad, la instalación de electricidad en la pieza donde estuvo sus primeras semanas.

La alimentación al interior de la cárcel se sumó también a los cambios drásticos que les tocó afrontar en su primera experiencia penitenciaria. Algunos internos con dieta vegana tuvieron que adaptarse a su nuevo ambiente. Uno de ellos fue Emerson Martínez, joven que fue detenido el 9 de marzo acusado de atentar contra la Comisaría de Santa Adriana en Maipú, quien reconoce que a los pocos días de estar en Santiago 1 entendió que había que comer lo que fuera para estar fuerte.



“La comida adentro es súper importante, pero ni frutas hay. Estuve con problemas físicos debido a eso, problemas digestivos, entonces fue súper complejo también en ese aspecto”, recuerda el joven. “Entendí que debía comer y alimentarme bien para estar bien psicológicamente, pero eso igual a mí como llevaba esta dieta se me hizo más complicado”.

Los presos del estallido concuerdan en que no era suficiente estar fuertes mentalmente todo el tiempo, sino que también demostrarlo hacia el resto. “Eres débil una vez y quedas marcado. Adentro tienes que cambiar, si hay que pelear, se pelea nomás”, dice Christian Sanhueza. “Tenís que andar atento a todo lo que haces, a lo que hablas, con quién hablas, qué vas a hablar con esas personas. Cuando te decían que en la cana las paredes tienen ojos y orejas, es verdad. Todo se sabía, lo que hablas con cierta persona, había la posibilidad de que alguien que tú no querías que supiera de eso, lo supiera”.

La comunidad del módulo 14

Los presos del estallido social ya llevaban un par de meses dentro de Santiago 1, y sentían que necesitaban una distracción, así que formaron una “asamblea” en el patio y empezaron a organizarse. Aprovecharon las especialidades de cada uno, por sus trabajos o estudios para hacerse cargo de algunos talleres y campeonatos deportivos al interior del módulo 14.

Uno de los principales impulsores de estos distractores fue Christian Sanhueza. Antes de caer en prisión estaba estudiando pedagogía, por lo que aplicó sus conocimientos en la cárcel. “El módulo es tuyo, tienes que hacerte cargo y hacer algo para que todos compartamos”, dice. Por esta misma razón, aseguran que no pidieron autorización de Gendarmería para realizar actividades, salvo para ingresar los implementos que necesitaban.

“Estábamos haciendo algo distinto de lo que se hacía normalmente dentro de la cárcel. Entonces también por llevar la fiesta en paz digamos, para no caer en el mismo juego de los otros presos, quisimos hacer estas iniciativas. Yo me sentí bien, me sentí parte de todo esto”, destaca Diego Ulloa sobre estas actividades.




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Cristián Briones fue uno de los primeros que tuvo que adaptarse a la hostilidad de la cárcel. El compañerismo de las protestas había quedado atrás. “En el módulo se formaron dos grupos: los reos comunes y los reos del estallido social. Los que estaban desde antes se creían dueños de todo”, dice Teresa Jorquera, pareja del joven de San Miguel.



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Los deben tener como recipientes de Quaker a los soyeros qls, igual que al huevito rey en su momento :cafe3:
 
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“Le han pegado hartas veces. Hubo una oportunidad en que, porque tenía un polerón de marca y los otros lo querían, lo golpearon y se lo quitaron”, relata su pareja. Uno de los momentos más álgidos de Cristián Briones lo viviría tras la llegada de Alejandro Carvajal, joven que se hizo conocido por ser acusado de provocar el incendio de la Universidad Pedro de Valdivia del 8 de noviembre en Providencia.

Como una forma de sobrellevar el encierro, Alejandro Carvajal, de 19 años, utilizó el tiempo que tenía en el patio para escribir. En Santiago 1 se les permite salir al patio entre las 9:00 y las 17:00. En una de esas jornadas, el joven estaba escribiendo una carta para sus familiares, lo que no fue del agrado del resto de reos. “Los presos comunes le gritaron que estaba sapeando”, narra María Gutiérrez, madre de Alejandro Carvajal.

María Gutiérrez cuenta que su hijo le dijo que no supo reaccionar ante la agresividad de los otros reos y que Cristián Briones, al salir en su defensa, se llevó la golpiza por él. El chico, desesperado con la situación, intentó tranquilizar a la turba mientras estos golpeaban a Briones y trató de explicarles que solo estaba escribiendo para su familia.

:risa:
:lol2:
 
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HuascoBajino

Bestia
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apenas ayer leía en la mierdera página del poder judicial que habían decretado prisión preventiva a una decena de angelitos que tuvieron la brillante idea de ir a tirarles piedras y molotovs a la comisaría de puente alto. Ahora están todos presos por delito de homicidio frustrado. (*)

todos a la capacha por creer que cambiaban algo al ir a wear a los pacos. Y que agradezcan que salieron vivos, porque los pacos de esa comisaría recibieron instrucciones de usar armamento letal y uno de ellos hasta respondió "sí conchetumare" cuando lo autorizaron.

aweonaos culiaos... si pa' la próxima salen vivos (o con todos sus ojos), luego los procesa la fiscalía y se van a perkinear a la cana.

manga de aweonaos sin cerebro.

(*) enlace a la noticia

bonus:
Tribunal de Curicó: prisión preventiva por robos en protestas
J. Garantía decreta prisión a molotovistas
J. Ganatanía: Prisión por robo en protestas
y si miran en la snoticias del poder judicial hay muchas más
pero después los jueces son comunistas :qloco:
 
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Jlox II

"Travalenguero año 2018"
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Ni pesqué el reportaje, me puse a ver el video de Huevito Rey recibiendo un pan en el ojo y en los relacionados me apareció un documental de su vida así que mejor me puse a ver eso jajajajajajajaja
Este?:



Te recomiendo este del Breathless resumiendo los arcos de Huevito Rey y sus encontrones con él :lol2:






¿Y qué esperaban los muy hijos de perra? Están en cana, no en un resort.
Espero lleguen a tener peladas las manos de tanto lavar.

:cafe3:

 
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