Y a esta hora, hace ya rato que los vidrios del banco se cambiaron -pagados por el seguro-, que se instaló un nuevo cajero automático, que se barrieron los escombros y restos orgánicos, y todos seguimos con nuestra vida normal sin preocuparnos o importarnos lo que le ocurrió al terrorista.
Todos nosotros planeamos nuestro paseo al cerro para el próximo fin de semana, o juntarnos con amigos, o cotizamos en el sitio de LAN para ver si hay pasajes baratos para irnos a las Torres del Paine otra vez, o simplemente trabajamos para seguir con nuestras vidas en paz y tranquilidad.
Sin embargo, para ese terrorista, la vida ya no es la misma, y nada de lo que dije más arriba ahora está a su alcance, porque ahora Pitronello vive en el infierno, que es a donde él, por su propia voluntad, escogió ir.
Y lo más triste, aparte del hecho de haberse llevado con él a su familia (que no es para nada imbécil), es que nadie le reconoce, aplaude o agradece lo que hizo.
Simplemente lo olvidaremos sin importarnos, y pronto