Cobarde de mierda, me hiciste sentir un patético reculiao, un weon podrido, que genera miedo, que espanta, me hiciste sentir como un puto monstruo gracias a que no te atreviste nunca a decir las weás de frente, mientras ahora tú conservas tu estampa de “la buena” a vista de todos los demás. No eres buena y si lo eres, tu bondad está cubierta por un manto de miedo y poca valentía. Te faltan cojones, y no de los literales, sino de esos que implican valor. Te haces la empática con tus frases de buena crianza, pero no lo eres, pues resultas ser tan egoísta como cualquiera. La diferencia es que otros lo proyectamos honestamente, sin guardar en secreto ese defecto o valor. Weona miedosa, carnicera de corazones, menospreciadora de gestos y detalles, en lugar de matarme de una vez, alargaste mi muerte y la volviste agónica. Ahora, recién ahora, tras semanas de tortura, recibo el golpe de gracia. Un verdugo de la época oscura latinoamericana hubiese tenido más piedad que tú. Perra reculiá, me fuiste quemando a fuego lento hasta volverme cenizas de una sola llamarada. Las muertes son muertes, pero si hay algo de dignidad en la pérdida de vida, esta se encuentra en el respeto del asesino hacia su víctima o en la paz al momento de que esta llegue.