LIFEGUARD (1976)
Dirección: Daniel Petrie
De pendejo, cuando empecé a ver películas con un poco más de conciencia, recuerdo que anhelaba ser como dos personajes de las que, en ese entonces, estaban entre mis cintas predilectas. Sé que esta confesión es totalmente innecesaria, pero en un foro anónimo, la verdad, me importa un pico. Prefiero soltarla acá, entre los sospechosos de siempre, antes que declararla como señorita en el thread llamado “
¿Algo que confesar?” (versión 4.0 mientras escribo esto).
Confieso entonces que quería ser como Snake Plissken, de
Escape de Nueva York, y Wade Garrett, el personaje de Sam Elliott en
Road House (casi le llamo
El Duro, pero me niego a otorgarle esa connotación homoerótica a tamaño pedazo de film). No hace falta explicar la grandiosidad de Snake; hasta el día de hoy deseo perder un ojo solo para usar un parche sin sentirme culpable. Pero Garrett… me parece un poco gracioso que, siendo tan chico, lo haya encontrado cool. Porque hablamos de un viejo con melena canosa que, además, cojeaba. Se notaba que era una lesión antigua, pero lejos de hacerlo ver menos rudo, probablemente creía que esa cojera le daba aún más carácter. Elliott, sin duda, le dio esa presencia única: voz grave, mirada firme y una pinta de cowboy moderno que no se anda con weás.
Me agrada pensar que a esa edad quisiera parecerme a tipos así. Hoy en día, anda a encontrar a un cabro chico que no quiera parecer un idiota con pinta de narcotraficante y/o maraco.
El viejo Sam ha estado ahí desde que tengo uso de razón. De sus primeros trabajos que vi, más o menos contemporáneos a su época, lo recuerdo más enfocado en westerns para televisión. El que hizo para HBO,
The Quick and the Dead (1987), para mí es el más destacable. También tengo muy presente la subvalorada
Shakedown (1988), una entretenida cinta de compañeros policías que coprotagonizó con Pete “Robocop” Weller. Pero más allá de alguna que otra variación en roles secundarios, siento que siempre estuvo un poco encasillado en ese tipo de personajes. De hecho, en lo más reciente que vi de él, la excelente serie
1883, volvió a interpretar a un cowboy.
Sin embargo, en esta que descubrí hace poco, precisamente escapa de eso. Comanda la pantalla como protagonista y ofrece, además, una de sus actuaciones más notables.
En
Lifeguard, Elliott es Rick, un salvavidas que lleva trabajando desde muy joven en la misma playa de California. Ya tiene poco más de treinta, pero sigue empeñado en mantener su autoridad en el lugar. A primera vista, el tipo parece tenerlo todo: vive cerca del mar, su día a día transcurre entre puro hueveo, emergencias pequeñas y largos ratos simplemente contemplando la vista. Comparte su departamento con distintas minas, entre ellas una azafata que, si bien disfruta de los encuentros casuales, empieza a desear algo más. Se nota que el encanto del hombre sigue funcionando, pero ese estilo de vida ya empieza a mostrar pequeñas grietas.
Él parece conforme, vive como si todavía tuviera veinte, y ese desfase empieza a ser el problema. La mayoría de quienes lo rodean, reflejando sus propias emociones, dudan de esa felicidad. “¿Cuándo vas a conseguir una pega de verdad?” es la pregunta frecuente, como si su forma de vivir fuera una anomalía que hay que corregir. Pero uno, poco a poco como espectador, comienza a ver su despreocupación no tanto como una negación, sino más bien como una forma de resistencia. No es que a Rick le importe una raja lo que piensen; él simplemente no siente la necesidad de rendirse ante lo que se espera de un hombre de su edad.
Hay una secuencia que encontré especialmente increíble, y que al mismo tiempo me incomodó por lo real que la sentí. Rick asiste a una reunión de exalumnos, quince años después de salir del colegio. Apenas alcanza a contarles a qué se dedica, y las reacciones cargadas de juicio lo hacen sentir tan fuera de lugar que termina inventando otra historia. Como alguien que pasó parte de sus veintitantos medio perdido, buscando su identidad, mentiría si dijera que no encontré esas escenas realmente creíbles y conmovedoras. En general, creo que la película retrata muy bien ese momento en que un hombre comienza a perder el contacto con su juventud. Cuando la vida, lentamente, lo va dejando atrás. Y él lo nota.
Curiosamente, Elliott, al parecer, no puede eludir del todo el imaginario que arrastra. Porque, de cierta forma, el film igualmente me recordó a esos westerns sobre pistoleros en el ocaso de su vida útil. Acá, la playa reemplaza al viejo oeste como escenario mítico, solo que sin la neblina y nostalgia histórica. Rick no es un cowboy, pero carga con ese aire de figura solitaria que ya no encaja del todo en el mundo que habita. Su lucha no es con forajidos, sino con el paso del tiempo y las expectativas ajenas. Definitivamente, para mí, es otro tipo de película playera.
Con todo ese encanto orgánico de los setenta, la película está bellamente filmada, con una atmósfera soleada que parece de ensueño. Escrita y dirigida como un drama romántico, pero con mucha alma y corazón que no le cabe en el pecho. Y Elliott finalmente se luce retratando con total honestidad y convicción la crisis emocional y masculina de su personaje. Con tanta verdad, que me pregunto si en ese momento no estaría pasando por lo mismo que Rick. He visto varias películas últimamente, pero
Lifeguard, sin ser perfecta, me llegó como ninguna otra. Y esa ya es razón suficiente para recomendarla.
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Subtítulos en español en: subdivx.com/483102